martes, 6 de agosto de 2013
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Las cosas en el país no van bien. Cumplidos tres años de gobierno, todas las encuestas sobre la gestión del presidente Santos dan cuenta de una de las peores pesadillas que puede enfrentar un país democrático: la baja favorabilidad de un gobierno obsesionado con hacerse reelegir. Esta desafortunada situación es caldo de cultivo de ineficientes, improvisadas, clientelitas y antitécnicas prácticas de gobierno, lo que resulta música para los oídos de los políticos populistas y de los captadores de renta que pretenden privilegios extraordinarios producto de la debilidad del ejecutivo. 
 
Los antecedentes juegan en contra de la actual administración: meses atrás la débil chequera del gobierno desmantelaba los paros, al tiempo que se adoptaban políticas - como la reducción en el precio de los combustibles - que van en franca contravía con lo públicamente defendido por nuestro Jefe de Estado. Estos nefastos precedentes de éxito de las vías de hecho y de inconsistencias ideológicas y programáticas han hecho que - ahora que el Gobierno tiene el sol a sus espaldas - existan incentivos para que por medio de una nueva temporada de paros se termine por doblegar la determinación de los tomadores de decisiones de política en favor de intereses privados, usando la ya probada receta de amenazar la frágil popularidad de nuestro primer mandatario.
 
Entre la batería de posibles manifestaciones, una de los que más llama la atención es la promovida por los cafeteros. Sí, por los cafeteros, otra vez. Lo primero que cabe decir es que el Gobierno ha sido más que generoso con este gremio, por lo que tal vez deberían ser los últimos en salir a protestar. El subsidio de protección al ingreso cafetero (PIC), valorado en $145.000 por carga de 60 kilos, demandó un esfuerzo fiscal extraordinario y sin precedentes por parte de todos los colombianos. Según el gerente de la Federación Nacional de Cafeteros, en casi 40 semanas se ha entregado más de medio billón de pesos de subsidios, pagando más de 95% de las 2,5 millones de facturas presentadas por los inconformes productores. Sin embargo, las pretensiones de los cafeteros han ido más allá. 
 
La primera de las quejas, fácilmente gestionable,  se relaciona con la oportunidad en el pago del subsidio, lo cual debería quedar solucionado en agosto con la implementación del pago directo del PIC. Una segunda y mucho más compleja pretensión tiene que ver con profundizar la reestructuración de las deudas con el Banco Agrario. Según los potenciales manifestantes, una protesta se justificaría por el hecho de que dicha medida no ha cobijado a la totalidad de los productores. Al respecto, cabe mencionar que el banco, aunque público, debe ser manejado con criterios de eficiencia y responsabilidad, por lo que la gestión de la calidad de la cartera no es un tema de poca monta. Naturalmente, una generosa medida como la adoptada no puede generalizarse para todo aquel que se le ocurra sembrar café, pues el banco debe arbitrar, sanamente, entre los perfiles de riesgo de sus clientes y el objetivo de política trazado. 
 
La demanda final, a la que se llegaría más temprano que tarde, es por la mayor capitalización al PIC o el establecimiento de un precio de sustentación, que transfiera el riesgo cafetero al contribuyente. Han llegado incluso a proponer la extensión del 4 por mil, un antitécnico impuesto enemigo de la bancarización, con el fin de promover auxilios cafeteros extraordinarios. 
 
En mi opinión, no es responsable utilizar los recursos de los colombianos para realizar pagos descomunales que premien a los sectores que más fuertemente amenacen el orden en nuestro país. Sin duda, el Gobierno debe cumplir con lo inicialmente pactado, pero ojalá el riesgo de una actividad privada no termine siendo asumido por el Estado vía precios de sustentación, ni se intensifique el detrimento fiscal o se adopten absurdos impuestos procafeteros a cambio de insostenibles limosnas de popularidad presidencial. Pueda ser, también, que de este conato de agitación social no se desprenda el fin de la Federación de Cafeteros ni de su garantía de compra, que tanto bien le ha hecho a los más pobres cultivadores del grano.