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Antifa

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Luis Guillermo Vélez Cabrera - lgvelezcabrera@gmail.com

El señor Trump, desesperado por buscar un chivo expiatorio de su fracaso en el manejo de la crisis sanitaria, económica y social en la cual están inmersos los Estados Unidos, ha decidido graduar de enemigo público número uno a una organización que ha bautizado como “antifa”.

“Antifa”, simplemente, es un recorte de “antifascista”, el nombre genérico que algunas autoridades han decidido asignarle a un movimiento amorfo y espontáneo que aglutina toda clase de personajes radicales, desde hippies alternativos, cuasi anarquistas, marxistas trasnochados, ambientalistas extremos y animalistas antihumanos hasta extremistas religiosos, neonazis, supremacistas blancos y milenaristas apocalípticos.

Lo único que los une es su odio a lo establecido y su afición por quemar, romper y pintar cosas, escondidos detrás de capuchas y máscaras.
Si suena familiar, es porque lo es. Los antifa de Estados Unidos son los mismos que en Colombia hacen lo mismo: infiltrar marchas legítimas y pacíficas, destruir el inmobiliario público, vandalizar monumentos y enfrentarse con violencia contra la policía para provocar una reacción que lleve a más violencia, para después culpar a las autoridades de represión excesiva.

En realidad, antifa y el gobierno Trump son dos caras de la misma moneda, parte de una nauseabundo ying y yang que se repulsa y se atrae al mismo tiempo y que, sobre todo, se necesitan el uno del otro para sobrevivir simbióticamente.

Antifa no es nada sin un autócrata incompetente en la Casa Blanca, más interesado en consentir a los ricos y a los fundamentalistas religiosos que en ofrecer verdadero liderazgo, y Trump, sin un enemigo claro y cercano, no tiene cómo desviar la atención de una presidencia fracasada que busca con desespero mantenerse en el poder.

Ya quisiéramos los colombianos que este baile macabro entre Trump y los encapuchados gringos se quedara allá, en las calles de Minneapolis, de Chicago o de Stockton. Pero no será así. Por un lado, el Partido Republicano, en las elecciones que se avecinan hará de antifa el nuevo Osama Bin Laden y con esto, quizás, logre sacar un triunfo inesperado del cubilete. Por otro, no podemos olvidarnos de lo pernicioso que es el mal ejemplo: se pega como mierda a las suelas de los zapatos.

Una vez superemos los encierros del covid también se inaugurará la temporada electoral en Colombia y las marchas -que el año pasado pusieron en jaque y casi mate al Gobierno- volverán, pero esta vez con un malestar social exacerbado por la trágica situación de empleo e inseguridad. El antifa colombiano, que tiene líderes visibles como Petro, no dudará en incendiar al país. Aquí, a diferencia de los Estados Unidos, el desgaste del Gobierno -y del partido de gobierno- será de tal magnitud que un viraje abrupto e inconveniente se ve cada vez más posible.

En vez de buscar su querencia en la derecha recalcitrante, el Gobierno deberá ampliar su coalición abrazando a las fuerzas centristas, las cuales, por fortuna, todavía siguen siendo mayoría en Colombia.

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