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El señor Trump, desesperado por buscar un chivo expiatorio de su fracaso en el manejo de la crisis sanitaria, económica y social en la cual están inmersos los Estados Unidos, ha decidido graduar de enemigo público número uno a una organización que ha bautizado como “antifa”.
“Antifa”, simplemente, es un recorte de “antifascista”, el nombre genérico que algunas autoridades han decidido asignarle a un movimiento amorfo y espontáneo que aglutina toda clase de personajes radicales, desde hippies alternativos, cuasi anarquistas, marxistas trasnochados, ambientalistas extremos y animalistas antihumanos hasta extremistas religiosos, neonazis, supremacistas blancos y milenaristas apocalípticos.
Lo único que los une es su odio a lo establecido y su afición por quemar, romper y pintar cosas, escondidos detrás de capuchas y máscaras.
Si suena familiar, es porque lo es. Los antifa de Estados Unidos son los mismos que en Colombia hacen lo mismo: infiltrar marchas legítimas y pacíficas, destruir el inmobiliario público, vandalizar monumentos y enfrentarse con violencia contra la policía para provocar una reacción que lleve a más violencia, para después culpar a las autoridades de represión excesiva.
En realidad, antifa y el gobierno Trump son dos caras de la misma moneda, parte de una nauseabundo ying y yang que se repulsa y se atrae al mismo tiempo y que, sobre todo, se necesitan el uno del otro para sobrevivir simbióticamente.
Antifa no es nada sin un autócrata incompetente en la Casa Blanca, más interesado en consentir a los ricos y a los fundamentalistas religiosos que en ofrecer verdadero liderazgo, y Trump, sin un enemigo claro y cercano, no tiene cómo desviar la atención de una presidencia fracasada que busca con desespero mantenerse en el poder.
Ya quisiéramos los colombianos que este baile macabro entre Trump y los encapuchados gringos se quedara allá, en las calles de Minneapolis, de Chicago o de Stockton. Pero no será así. Por un lado, el Partido Republicano, en las elecciones que se avecinan hará de antifa el nuevo Osama Bin Laden y con esto, quizás, logre sacar un triunfo inesperado del cubilete. Por otro, no podemos olvidarnos de lo pernicioso que es el mal ejemplo: se pega como mierda a las suelas de los zapatos.
Una vez superemos los encierros del covid también se inaugurará la temporada electoral en Colombia y las marchas -que el año pasado pusieron en jaque y casi mate al Gobierno- volverán, pero esta vez con un malestar social exacerbado por la trágica situación de empleo e inseguridad. El antifa colombiano, que tiene líderes visibles como Petro, no dudará en incendiar al país. Aquí, a diferencia de los Estados Unidos, el desgaste del Gobierno -y del partido de gobierno- será de tal magnitud que un viraje abrupto e inconveniente se ve cada vez más posible.
En vez de buscar su querencia en la derecha recalcitrante, el Gobierno deberá ampliar su coalición abrazando a las fuerzas centristas, las cuales, por fortuna, todavía siguen siendo mayoría en Colombia.
Se requiere una discusión seria que sitúe los riesgos en el centro del debate, los evalúe con evidencia científica y los pondere frente a los beneficios, priorizando la sostenibilidad, la seguridad y el bienestar de las comunidades
Lo bueno de este panorama es que los gritos de Petro en su cuenta de X -o en sus desatinados discursos- ya no los escucha nadie. Su voz empieza a desaparecer
Esta tendencia abre a las empresas una nueva forma de llegar al cliente y, más importante todavía, un cambio de paradigma a la hora de analizar y abordar el mercado