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Se cumplieron cinco años del fallecimiento de Carlos Holmes Trujillo. Su presencia hace falta y su legado está más vivo que nunca. Carlos Holmes era un hombre de Estado que defendía a ultranza las instituciones democráticas y el correcto y leal ejercicio de la política. Para él, a pesar de las derrotas y sinsabores, siempre había una batalla más que dar. Comprendía que, por el bien de la democracia, se debía actuar con pragmatismo y lealtad, tanto en las derrotas como en las victorias. Lo de él nunca fue “patear el tablero” tras un sinsabor, u olvidarse de quienes fueron clave para una victoria, o de los ideales con los que se consiguió. Y sin tener en cuenta tan obvios principios, llevamos varios años divididos.
Dejamos de un lado el idílico gobierno de Uribe, en el cual, con un liderazgo firme y con un propósito ciudadano conjunto de país, fuimos capaces de sobreponernos a la desesperanza. El país se hizo viable con dos ideas simples y poderosas: seguridad democrática y confianza inversionista. Caímos en las garras del infortunio por el capricho de cambiar la receta.
Santos tenía una sola misión: continuar ese legado. Pues bien, no lo hizo. Su absurdo proceso de paz desmoronó, en el largo plazo, la seguridad y la confianza. Pensamos que con el triunfo de Duque se recuperaría el sendero. Duque debía retomar el legado, con dos tareas: fortalecer al Centro Democrático como opción de poder para continuar el legado de Uribe y, con ello, evitar el ascenso de Gustavo Petro al poder. Tampoco lo hizo. Y ahora estamos en lo que estamos, con un presidente autocrático, neocomunista y mediocre, que ha tratado por todos los medios de asaltar las instituciones y la democracia.
En las próximas elecciones tendremos la oportunidad de no continuar al filo del barranco. Las ideas que nos unen son elementales: democracia liberal, Estado social de derecho con propósito y economía de mercado. El llamado que debemos hacer todos los demócratas a los partidos y movimientos políticos que comulguen con tan básicos preceptos es que se unan y no se echen agua sucia. El propósito es no tener nuevamente un gobierno como el de Gustavo Petro, en cabeza del estalinista Iván Cepeda.
Por eso hay que aplaudir a los precandidatos presidenciales de la Gran Consulta que, a pesar de las diferencias, lograron unirse en un propósito claro de país. Su labor, independientemente de quién gane, es llevar a más de siete millones de ciudadanos a las urnas. Se enviaría un mensaje contundente a la ciudadanía de esperanza, incluso si hay más candidatos en la primera vuelta que puedan representar lo mismo. No es conveniente que sectores afines inviten a no votar en la Gran Consulta o que, dentro de los mismos partidos o movimientos políticos integrantes de ella, decidan “patear el tablero” y salirse del redil porque las cosas no salieron como querían. Ojalá que todos los líderes políticos afines, que tienen como propósito evitar que Colombia siga el camino de Venezuela, reflexionen y sigan el democrático, pragmático, leal y elegante estilo de Carlos Holmes, por el bien del país.
El futuro otorga a todas las empresas un crédito en el presente: un margen de tiempo para adaptarse, innovar y redefinir su modelo de negocio. La forma en que las organizaciones lo utilicen determinará el tamaño de la deuda que deberán pagar más adelante
Este oficio, que tanto amamos, no puede seguir siendo territorio de miedo. No puede el periodismo significar la censura para alguna mujer