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Analistas 26/06/2026

Después de las elecciones, ¿qué sigue?

Jorge Iván Gómez Osorio
Profesor del Inalde Business School
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El domingo, mientras el país seguía voto a voto una elección que volvió visible nuestra polarización, pensé en una pregunta que suelo dejar al final de clase: ¿Y ahora qué harán ustedes con esta realidad?

El periodo de elecciones termina, pero Colombia sigue enfrentando desafíos profundos: informalidad, pobreza, baja movilidad social, desigualdad y millones de personas que trabajan duro sin lograr transformar ese esfuerzo en una vida más segura.

Tal vez este sea un momento para repensar la empresa en Colombia, no como una simple unidad económica que produce, vende y genera utilidades, sino como una organización capaz de transformar vidas desde su actividad ordinaria.

Hoy, 55,1% de los ocupados trabaja en la informalidad. Detrás de esa cifra hay ingresos inestables, cotizaciones irregulares, menor protección frente a los riesgos de la vida y dificultades para acceder a crédito, vivienda o pensión. La informalidad no es solo una categoría laboral. Es una barrera para construir futuro.

Por eso importa la movilidad social: la posibilidad de pasar del rebusque a un empleo formal; de un ingreso incierto a una trayectoria laboral; de vivir al día a educar a los hijos, ahorrar, acceder a crédito y construir patrimonio. Ahí está una de las responsabilidades más importantes de la empresa.

Una empresa bien dirigida no solo crea empleo. Crea trayectorias. Convierte talento en productividad; productividad en formalidad y formalidad en oportunidades reales de progreso. Esto exige repensar lo que medimos y celebramos. No basta preguntar cuánto creció la compañía. También debemos preguntar: ¿quién creció con nosotros?
Una empresa relevante para Colombia debería poder responder, con datos: ¿Cuántos empleos formales netos creó? ¿Cuántas personas tuvieron allí su primer empleo? ¿Cuántas aprendieron, crecieron o fueron promovidas? ¿Qué oportunidades abrió para jóvenes, mujeres, proveedores y territorios excluidos? ¿Cuánto progreso generó en las vidas vinculadas a su cadena de valor? ¿En nuestras propias filas tenemos gente en condiciones de pobreza extrema?

El capitalismo colombiano no se transformará abandonando la empresa, ni pretendiendo que el Estado resuelva por sí solo todos los problemas sociales. Se transforma desde dentro: cuando empresarios, directivos y miembros de junta entienden que la utilidad es necesaria, pero que no puede ser el único criterio de decisión.

El mercado necesita libertad, innovación y ambición. Pero también necesita límites morales. Necesita decisores capaces de moderar la codicia, actuar con justicia y reconocer que una empresa pierde legitimidad cuando prospera a costa de algo o de alguien.

La empresa colombiana puede construir confianza social desde sus propias filas: con trabajadores que cotizan, familias que pueden planear, proveedores que pueden expandirse y comunidades que encuentran oportunidades reales de progreso.

¿Qué indicador tendremos, dentro de cuatro años, de que nuestra empresa ayudó a que más personas progresaran gracias a nuestra forma de hacer empresa? Después de las elecciones, Colombia necesita ya menos consignas y, por el contrario, más instituciones capaces de crear oportunidades, dignidad y futuro.

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