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Analistas 06/11/2026

El costo de la emoción desregulada

Ernesto-Lucena
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En el Heliodoro Rodríguez López, el partido entre Tenerife y Andorra no terminó por el marcador. Terminó cuando Jesús Owono, portero del Andorra, salió varios metros de su área en el tiempo añadido y chocó con la rodilla contra el pecho de Jesús de Miguel. El delantero del Tenerife cayó inconsciente, sufrió una parada cardiorrespiratoria y murió al día siguiente. Owono recibió tarjeta roja y, según su entorno, quedó devastado. No hay indicios de que quisiera matar a nadie. Lo que sí hubo fue una acción cuya intensidad superó con creces lo que la jugada exigía.

El contexto ayuda a entenderlo, no a justificarlo. El encuentro venía caldeado: tarjetas, expulsiones y un empate reciente que elevó la temperatura del campo y de la grada. En esos minutos, la adrenalina y la urgencia de evitar el gol empujan al cuerpo a responder con el máximo de energía disponible. El problema es que esa energía, cuando no está entrenada para regularse, se convierte en fuerza desproporcionada. Owono no calculó matar; calculó -o reaccionó- con una intensidad que resultó letal.

Este tipo de episodios no se resuelve únicamente con más árbitros o con sanciones más duras. Se resuelve, en buena parte, antes: en la formación. El fútbol de contacto enseña desde muy temprano a “entrar con todo”, a no tener miedo y a competir con intensidad. Esas consignas son necesarias. Lo que rara vez se entrena con la misma disciplina es la capacidad de modular esa intensidad cuando el partido se pone caliente. La inteligencia emocional -reconocer el estado en el que uno está, regular la respuesta y calibrar la fuerza según el riesgo real- no es un complemento. Es una competencia que, en deportes donde el cuerpo choca con el cuerpo del otro, puede marcar la diferencia entre una falta y una tragedia.

Si ese trabajo se hace de forma cotidiana desde las categorías formativas, el margen de error se reduce. No se trata de quitarle carácter al juego, sino de enseñar a los jugadores a distinguir entre ganar el balón y intervenir de forma temeraria. Un niño que aprende a parar un segundo antes de saltar con la rodilla alta, a leer la posición del rival y a elegir una acción limpia bajo presión, está desarrollando un hábito que más adelante puede evitar daños irreparables. Los entrenadores también tienen un rol: no basta con celebrar la agresividad; hay que intervenir cuando un jugador se “enciende” de más.

El caso de De Miguel y Owono es extremo, pero el mecanismo que lo produjo es frecuente. Cada temporada hay entradas que cruzan la línea de lo peligroso porque, en el momento, la emoción superó al juicio. La mayoría de las veces no terminan en muerte. Cuando sí lo hacen, nos damos cuenta de lo estrecho que es el margen. Owono cargará con este peso. De Miguel ya no está. Lo que sí podemos decidir es si seguimos formando deportistas que, además de fuertes y competitivos, sean capaces de regular su fuerza cuando el ambiente se calienta. La prevención no empieza en el hospital. Empieza en las canchas de formación y en la decisión de tratar el control emocional con la misma seriedad con la que se trabaja la técnica.

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