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En general, ¿las mayorías (y minorías) aplican tanto como predican?; ¿usted se considera buen ciudadano?; ¿los profesores estudian continuamente (pedagogía)?; ¿los abogados tuercen el derecho?; ¿los trabajadores sanitarios (ambientales) únicamente practican hábitos saludables (sostenibles)?; ¿los contadores y financieros alteran las cuentas?; ¿los funcionarios sirven al ciudadano?
Ahora, ¿los filósofos morales honran la ética en su cotidianidad?; según Moral Behavior of Ethicists (2016), no. Entonces, ¿vale la pena afiliarse a un partido o idolatrar a un caudillo?; pregunto porque el cumplimiento de su ideología o promesa tampoco sería estricto sino conveniente. Ergo, los bandos no parecen exclusivos; aun así, permanecemos orientados, divididos y empeñados por el egoísmo: una absurda tautología.
Por cierto, el problema de presumir que somos buenos -incluso mejores que otros-, es que nos atribuimos crédito para justificar lo malo (Moral Self-Licensing: When Being Good Frees Us to Be Bad, 2010). Además, para sesgar ese balance, relativizamos la moral; y el dilema es qué tanto abusamos de la integridad kantiana, el desapego budista y la compasión cristiana.
Paradójica complicidad, en los capitalismos neoliberal y comunista nadie se supera a sí mismo, como propone la filosofía moral. Breve digresión, si el Estado garantizara incondicionalmente la satisfacción de sus necesidades, ¿a qué le gustaría dedicarse?; si hubiese equidad, y nada incrementara su estipendio, ¿de qué manera le interesaría contribuir, sobresalir y trascender?
La mediocridad moral es electiva; nos limitamos a cumplir la norma social, conscientes de que no necesariamente es buena. Así emerge la inmunidad de rebaño contra el arrepentimiento y la transformación; y, cuando somos objeto de señalamientos, nos defendemos usando falacias o argumentando que otros hacen lo mismo -incluso algo peor-, y nos pagan por hacer bien lo que nos ordenan: no por hacer el bien.
Colofón, Alejandro Gaviria tiene razón cuando señaló a Ingrid Betancourt que “lo suyo es oportunismo e hipocresía, es disfrazarse de superioridad”; sin embargo, él prefirió vender su campaña al diablo -porque desconfía de los ciudadanos, tradicionalmente indignados y abstencionistas-, dispuesto a hacerse elegir aprovechando la influencia de los licenciosos políticos.
Maquillando sus virtudes, intenciones e ideas, pretende quedar bien ante esas impurezas mientras hace gala a su vanidad, para sentirse o verse heroico. Actúa igual que tantas organizaciones dedicadas a ostentar certificaciones de calidad, otorgadas tras ofrecer a los auditores experiencias privilegiadas, o aquellas que trucan la balanza para ganar premios a la excelencia (El Buen Patrón, 2021).
Previamente, su sibilina aspiración generaba ruido a Carolina Soto en la junta directiva del Banco de la República. Ahora, es inaceptable que Ricardo Ortega no renunciara a la presidencia del Grupo Energía Bogotá, antes (ni después) de que anunciaran la vinculación de su esposa como candidata a la vicepresidencia.
¿Eso es buen gobierno corporativo, y del sector público, según Rodolfo Hernández y Claudia López? Aunque aparenta ser víctima, las inconsecuencias derrumbaron a Paola Ochoa; para colmo, ¿el ingeniero hará puente electoral con Vicky Dávila o Andrea Nieto?
La historia muestra algo que convendría recordar. Muchas de las decisiones que cambiaron el rumbo de los países surgieron cuando personas que pensaban distinto decidieron trabajar juntas alrededor de un propósito común.
En un país con su sistema de salud en crisis, es difícil pensar que tendremos la planeación suficiente para abordar el envejecimiento de la población en lo que resta del siglo