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Analistas 15/07/2026

Esta vaca no aguanta una garrapata más

Camilo Guzmán
Director ejecutivo de Libertank
Camilo Guzman

Hace unos días, en mi podcast Sin Permiso, el empresario Alejandro Mesa dijo: “Esta vaca no aguanta una garrapata más”. Hablaba del Estado colombiano y de una ley de la naturaleza: todo ser vivo tolera un número limitado de parásitos; si se excede, el animal muere, y hasta los parásitos lo saben, porque mueren con él. El Estado colombiano hace rato superó el número que toleraba. El presidente De la Espriella lo reconoce y ordenó al ministro Miguel Gómez preparar decretos para reducir lo que llama “gastos innecesarios”. Pero el debate está mal planteado. El problema de Colombia no es de gasto, y mucho menos de recaudo, como insistió hasta el final el, en buena hora, saliente ministro Germán Ávila: es de funciones, es de estructura.

“Eliminar lo innecesario” y “recortar el Estado” suenan parecido, pero operan en ejes distintos. Lo primero responde a la pregunta de la eficiencia: ¿el Estado hace bien lo que hace? Lo segundo, a la pregunta del alcance: ¿debería el Estado hacer esto? Un Leviatán eficiente sigue siendo un Leviatán, solo que mejor afinado. Y es peor: un Estado más eficiente tiende a ser más grande, porque recauda mejor, vigila mejor y gasta mejor sin generar resistencia. Además, en “lo innecesario” hay una trampa: es el propio Estado el que define qué es necesario, y ningún poder que se audita a sí mismo se ha encontrado jamás prescindible. Por eso, todos los gobiernos prometen eliminar duplicidades y ninguno reduce el Estado.

¿Y quién decide entonces el alcance? Hay un principio viejo y sencillo. Si alguien atraviesa una situación económica difícil, el primer llamado a resolverla es él mismo. Si no puede solo, entra su familia. Si la familia está en las mismas, siguen los vecinos y la comunidad. Si tampoco alcanza, aparece la sociedad civil: las iglesias, las fundaciones, las empresas. Y solo cuando todos esos peldaños se agotaron, entra el Estado, pero entra en su nivel más cercano: primero las juntas administradoras locales, luego el municipio, después el departamento y, solo de último, el gobierno nacional. Esa escalera la descubrieron por caminos separados un aristócrata inglés en 1790, un Papa en 1931 y dos académicos en 1977. El principio se llama subsidiariedad y cabe en una frase: el Estado es última instancia, no primer impulso. En Colombia lo tenemos exactamente al revés: a alguien le va mal y el primero que llamamos es el Estado. Aquí entendimos que la subsidiariedad era el Estado dando subsidios. Por esto, terminamos pidiéndole más al Estado que a Dios.

Ese es el criterio que la eficiencia jamás podrá dar. Nadie adelgaza apretándose el cinturón: hay que quitar la grasa. Y al Estado la grasa no se le quita negándole recursos, sino quitándole responsabilidades y devolviéndoselas a los peldaños de esa escalera que él absorbió. ¿Cuántas de las funciones que hoy tiene el Estado colombiano sobreviven a esa pregunta? El mismo Estado que no tiene con qué garantizar medicamentos a los más pobres es dueño de un hotel, de una aerolínea, de un club social y de una empresa de productos veterinarios.

Disminuir lo innecesario trata al ciudadano como cliente de un servicio por optimizar; recortar el Estado en su alcance lo trata como soberano que decide qué funciones entrega y cuáles se queda. Presidente De la Espriella: a esta vaca no la salva una garrapata más ágil. La salva tener menos garrapatas. Es hora de desparasitar al Estado colombiano.

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