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Hay una paradoja fascinante en nuestro tiempo: cuanto más avanzan la investigación, el conocimiento y la ciencia, más evidentes se vuelven algunas de las preguntas fundamentales de la condición humana.
Gracias a las universidades, los centros de investigación y la capacidad innovadora de las empresas, la esperanza de vida mundial se ha duplicado en poco más de un siglo.
Enfermedades como la viruela fueron erradicadas; la mortalidad infantil cayó de manera dramática; la prevención, las vacunas, las mejores condiciones de vida y los servicios públicos salvan millones de personas cada año. La inteligencia artificial, combinada con la experiencia y el conocimiento humanos, ya produce resultados extraordinarios en el diagnóstico de enfermedades, el descubrimiento de tratamientos y medicamentos, y la optimización de procesos que hace apenas unas décadas requerían enormes recursos humanos y económicos.
Así mismo los sistemas de energía y transporte son más confiables, las máquinas más eficientes y la conectividad más accesible, incluyente y poderosa. Nunca habíamos acumulado tanto conocimiento.
Sin embargo, tampoco habíamos visto a tantas personas preguntándose por el propósito de sus vidas.
La ciencia ha sido extraordinariamente exitosa resolviendo problemas y desentrañando los “como”. Cómo se forma una galaxia?; Cómo se desarrolla una enfermedad?; Cómo funciona el cerebro humano? Pero las preguntas sobre los “para que” siguen esperando, especialmente para quienes no encuentran respuestas en una tradición religiosa. Para millones de creyentes, en cambio, textos como la Torá, la Biblia, el Corán, los Vedas o el Canon Pali ofrecen una interpretación del sentido de la existencia.
El astrónomo y divulgador científico Carl Sagan afirmaba que somos “una manera mediante la cual el cosmos puede conocerse a sí mismo”. La frase es tan poética como inquietante: nos ayuda a comprender nuestro ínfimo lugar dentro del universo observable, pero deja intacta la pregunta sobre el significado último de la vida.
Décadas después, el historiador Yuval Noah Harari advirtió que la humanidad está adquiriendo capacidades casi divinas para modificar la vida, prolongarla y transformarla. Sin embargo, planteó una inquietud esencial: nunca habíamos tenido tanto poder y, al mismo tiempo, tan poca claridad acerca de qué queremos hacer con él.
Ahí aparece una de las mayores paradojas de nuestra especie: hemos aprendido a prolongar la vida, pero todavía nos cuesta responder para qué vivirla.
El matemático y filósofo Blaise Pascal había observado que gran parte de las desgracias de la humanidad proviene de la incapacidad del ser humano para permanecer en silencio y a solas consigo mismo. Quizás, en una época dominada por pantallas, notificaciones y ruido permanente, su advertencia resulta más actual que nunca.
Tal vez estamos descubriendo que el bienestar material es una condición necesaria para una buena vida, pero no una condición suficiente.
La inteligencia artificial seguirá ayudando a la ciencia y ampliando las fronteras del conocimiento. Pero, por sofisticada que llegue a ser, no puede responder por nosotros las preguntas esenciales: para qué vivimos?, ¿qué hace que una vida valga la pena?
Ojalá también aprendamos a no convertir la política y sus ideologías en una religión ni a seguir a quienes prometen respuestas sin principios. La búsqueda de sentido pertenece a una dimensión más profunda de la experiencia humana.
Es posible que el próximo gran desafío de la humanidad no sea tecnológico, sino espiritual. No porque debamos abandonar la ciencia, uno de los mayores logros de nuestra civilización, sino porque, después de conquistar tanto conocimiento, quizá haya llegado el momento de explorar nuevamente el territorio del sentido a través de la filosofía.
Porque el ser humano no solo necesita razones para vivir más años; también necesita razones para darle sentido a cada nuevo día.
También debe trabajar en busca de la construcción de una imagen institucional, generando confianza, transparencia y legitimidad en las instituciones gubernamentales
Los principales sectores agroexportadores del país, como café, flores, banano, palma de aceite, azúcar y aguacate, entre otros, han manifestado su preocupación por la acelerada apreciación del peso
Las declaraciones de inconformidad del presidente Petro con las decisiones de la Junta Directiva han pasado al terreno de denunciar al Banco como instrumento de la oligarquía y de agredir al gerente general