Analistas

Ingenuidad

Terminó en Auckland la semana pasada el taller de trabajo de la plataforma global de biodiversidad (IPBES) para la construcción participativa de escenarios planetarios al 2050. Preguntarse por el mundo que estará en manos de los bachilleres y jóvenes universitarios de hoy, por el funcionamiento de los ecosistemas del futuro cercano para contribuir adecuadamente con los requerimientos de una población mundial creciente, por las condiciones de caos climático y por la conciencia ambiental global, es una tarea que todos deberíamos emprender para organizar mejor las decisiones políticas y las inversiones de un siglo que definirá la persistencia de la humanidad sobre la faz del planeta.

Si bien los resultados de las discusiones, que serán reportados al público dentro de algunas semanas aún no han sido consolidados, vale la pena mencionar la búsqueda de “buenos futuros” que deben prosperar a partir de “semillas” o “bolsillos del mañana” realidades experimentales que aunque aún no prevalezcan, ya son identificables acorde con los participantes: prácticas agroecológicas y transformación de los patrones de consumo, sustitución de combustibles fósiles, suspensión total de las pesquerías comerciales oceánicas, restauración masiva de bosques y humedales continentales, y la consolidación de ciudades verdes en un marco de multiculturalidad y paz mundial. Una civilización ecológica en pleno sentido…

Si se hiciera ese ejercicio en Colombia, cabría preguntarse si las perspectivas serían muy diferentes, pues todo el mundo quisiera tener para sus hijos y nietos un futuro más amable, más tranquilo, más solidario, en medio de una naturaleza resignificada y valorada incluso de manera espiritual, un acercamiento de las agendas del desarrollo con las de la ética secular o religiosa de nuestros tiempos representada en las sabias palabras del Papa en su reciente visita al país de la megadiversidad. Pensar el futuro con el deseo es maravilloso, porque encontramos muchas coincidencias que de otra manera no existirían entre las personas; el problema surge cuando definimos las trayectorias: a partir de cuándo suspendemos la prospección de nuevos yacimientos de petróleo o gas, cómo transformamos el urbanismo inmobiliario especulativo por el sostenible, cómo recuperamos los bosques en medio de la deforestación creciente. Y en particular, lo más difícil, cómo integramos las gravísimas alertas climáticas que ayer el Ideam formalizó en la entrega de la 3era comunicación colombiana.

El segundo renacimiento de la civilización global, idea que se plantea como referente de la revolución social y ecológica de un planeta sostenible, aún patalea entre la ingenuidad de las buenas intenciones que buscan en el futuro suplir las falencias del presente y el reconocimiento de una realidad conflictiva y de una capacidad de transformación de la misma derivada de tecnologías que ya están construyendo el futuro. Imaginar que Colombia vivirá de una producción de orgánica de alimentos en territorios campesinos, con 80% de población viviendo en ciudades que requerirán energía limpia y sin modificación de ríos, con una cultura forestal moderna aportando a las exportaciones y al PIB de manera significativa es un buen principio. Pero no es tan claro que tenga fundamentos en la realidad.

Ojalá y los escenarios ambientales que nos traigan los candidatos y las organizaciones no caigan en la ingenuidad o en la desesperación, para lo cual el único requerimiento es el conocimiento robusto y la disposición a aceptarlo.