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La semana pasada tuve la oportunidad de participar en las reuniones de primavera del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional en Washington. Allí convergen quienes hoy toman algunas de las decisiones económicas más relevantes del mundo, desde ministros de Hacienda, banqueros centrales, líderes de organismos multilaterales, académicos y empresarios. Más que una agenda, es una lectura en tiempo real del rumbo de la economía global.
En esta ocasión, hubo una idea transversal a las discusiones y foros de esta edición. Tal vez quien mejor la sintetizó fue el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent. El crecimiento económico no es una variable más, es la base sobre la cual se sostienen tanto la política social como la estabilidad financiera. En un entorno global complejo, el mensaje fue claro: sin crecimiento, es difícil lograr avances que mejoren el bienestar de todos. En este escenario, cuidar la credibilidad fiscal, la estabilidad de precios y la confianza en las instituciones económicas no es un capricho ortodoxo, es una condición esencial de toda política económica y social.
Para Colombia, esa conversación no es lejana. Es, en buena medida, la historia que estamos viviendo. Hoy la economía crece, pero no despega. Varios analistas esperan que la economía colombiana este año crezca menos que el año pasado. De hecho, el Fondo Monetario Internacional revisó su estimación para Colombia a la baja, con un crecimiento proyectado de 2,3%. Si bien estos niveles no dan la sensación de que estemos abocados a una recesión, sí reflejan un país que perdió impulso para crecer y generar bienestar.
Y aquí está el punto de fondo. No siempre crecimos así. Hubo un momento, no tan lejano, en el que el país crecía cerca de 4% y la inversión era más de 20% del PIB. Ese ritmo permitía que varias cosas ocurrieran al mismo tiempo. El empleo formal se expandía, el recaudo crecía sin necesidad de presiones adicionales y había espacio para invertir en lo que más necesitaban los hogares. No era solo crecimiento, era capacidad de generar prosperidad de manera responsable y sostenible.
Hoy la historia de nuestra economía es muy distinta. Si quitamos el efecto de la creación acelerada de empleo público, Colombia hoy genera menos puestos formales, el Gobierno recurre cada vez más a medidas extraordinarias para sostener los ingresos y el margen para responder a las necesidades sociales es más estrecho. Por eso, la diferencia entre crecer a 2% o a 4% no es menor. Es la diferencia entre sostener el progreso o empezar a frenarlo.
Volver a ese ritmo que el país ya conoció no depende de una sola decisión, pero sí de recuperar condiciones que hoy no están plenamente consolidadas. La primera es la confianza, porque la inversión necesita estabilidad y reglas claras. Señales como suspender la regla fiscal, abusar de los mecanismos de emergencia económica o tensionar la relación con el banco central terminan debilitando la credibilidad que el país necesita para crecer. La segunda es recuperar el orden de las cuentas públicas y hacer, de una vez por todas, el ajuste que se ha venido aplazando en materia de gasto. La tercera es ser más eficientes en el uso de los recursos, entendiendo que no todo el gasto tiene el mismo impacto. Hay sectores, como la vivienda o la infraestructura, que tienen la capacidad de mover la economía con más fuerza, generar empleo y activar múltiples cadenas productivas, pero que en los últimos años han perdido protagonismo justo cuando el país más necesita apuestas capaces de devolverle tracción al crecimiento.
Al final, lo que se discutió en Washington no es distinto a lo que hoy está en juego en Colombia. Cuando el crecimiento vuelve a tomar fuerza, no solo avanza la economía, también regresan las oportunidades, se fortalece el bienestar y se responde de manera sostenible a las necesidades sociales.
El FMI proyecta un crecimiento mundial de 3,1% en 2026, lo que implica una revisión negativa de 0,2 puntos porcentuales frente a estimaciones previas
La historia de estos colombianos es, en muchos sentidos, la historia de miles: formación inicial en el país, desarrollo profesional en el exterior y contribución decisiva a sistemas científicos que no son el propio