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Analistas 30/11/2021

Triple salto

Vicente Echandía
Diplomático

Desde que empecé a escribir en este espacio, tomé la decisión de hablar de ideas, de organizaciones, de políticas, y en general de todo, menos de personas.

Aunque sería más fácil -hay mayor número de temas sobres los cuales escribir gracias a la generación casi que espontánea de escándalos en el país y encaja de maravilla con el momento de polarización y odio- no contribuye, no aporta.

Hoy, voy a hacer una excepción. Voy a hablar brevemente de una gran colombiana, alguien por quién he sentido un gran orgullo, una persona de primera: Caterine Ibargüen.

Además de encarnar ese sueño de muchos deportistas colombianos que surgen por su trabajo y dedicación, y entre los que se cuenta el suscrito en la categoría de frustrado, tiene una belleza que se complementa a la perfección con la simpatía que desprende.

Esta Caterine, que ha volado por los aires más de 15 metros en el salto triple es noticia en estos días porque intentará aterrizar en el Senado. Aplaudo su compromiso, su valor cívico y sus ganas de transformar tantas cosas que seguramente harían de este un mejor país. Necesitamos muchos más ciudadanos como ella y espero que le vaya muy bien en este nuevo empeño.

De lo que si estoy seguro es de la cantidad de críticas que va a recibir. De hecho, el mismo día de su lanzamiento, políticos, periodistas, opinadores y gente del común se pronunciaron en contra de su decisión, por las más variadas razones.

El problema no es que se lance ella o personas que comparten su perfil. El problema es la manera en la que los partidos políticos han tratado de utilizar a ciudadanos bienintencionados, destacados en diversas áreas como el deporte, la actuación o la música con reconocimiento en el país, para lavar la mala imagen y el desprestigio con el que cargan.

Aquí lo de menos son los programas, la coherencia política o perseguir objetivos específicos. Eso lo tiene claro la misma Caterine. En declaraciones a un medio de comunicación radial mencionaba que para ella lo de lanzarse por un partido era más un camino que otra cosa.

Buscar un espacio desde el cual influir en la manera en la que se toman decisiones que afectan a todos los ciudadanos es una decisión natural para alguien que quiere realizar transformaciones profundas y necesarias en el país.

Desafortunadamente, casos similares, desde María Isabel Urrutia hasta Alfonso Lizarazo han demostrado que el impacto real que logran tener en las decisiones que se toman en el Congreso es bastante limitada.

Y aunque dicen que el pasado no siempre es el mejor referente para determinar el futuro, también dicen que seguir haciendo lo mismo esperando resultados diferentes es sinónimo de locura.

Cada cuatro años, cuando se vienen las elecciones, todos nos terminamos por acordar que no tenemos partidos. Tantas veces se repite que debería ser algo evidente. Sin embargo, las leyes electorales siguen favoreciendo a los partidos, tal vez con la idea, recurrente en espíritu de la legislación colombiana, de que a punta de ley vamos a cambiar la realidad. Lo que tenemos al final son plataformas electorales, otra de esas ficciones amparadas en la ley, que no se sabe a quién beneficia.

Contar con las vivencias, la experiencia y la dedicación de Caterine ya sea en el Senado, el Ministerio del Deporte, un Instituto Departamental o en cualquier otra entidad pública o privada desde la cual esté transformando esa realidad para millones de jóvenes, es un lujo del que los colombianos nos deberíamos enorgullecer. Permitir que ella o cualquier otro colombiano sea usado con fines electorales no.