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Se acerca la feria más importante del sector turismo ANATO 2026 y las cifras en Colombia en 2025 se presentan como un trofeo nacional. Récords de llegadas internacionales, millones de dólares en divisas y titulares que hablan de “recuperación histórica” se repiten sin pausa. Pero detrás de ese entusiasmo estadístico se esconde una verdad incómoda: el crecimiento del turismo en Colombia está siendo celebrado sin una discusión seria sobre su calidad, sostenibilidad y verdadero impacto social. Aplaudir números sin contexto es una forma elegante de evadir responsabilidades.
Que más de 3,1 millones de turistas internacionales hayan llegado al país suena espectacular, pero la pregunta clave es qué tipo de turismo está creciendo y para quién. El 73 % llega por ocio, sí, pero concentrado en los mismos destinos de siempre, con una presión cada vez mayor sobre ciudades que no estaban preparadas para absorber ese flujo. El turismo en Colombia 2025 crece en volumen, pero no en planificación, y eso ya empieza a pasar factura.
Bogotá, Cartagena, San Andrés y Medellín encabezan las listas como si el resto del país no existiera. Mientras tanto, regiones con enorme potencial turístico siguen relegadas a discursos vacíos. El centralismo turístico es evidente: las cifras de ocupación hotelera muestran picos en pocos destinos y una media nacional que apenas roza el 49 %. Hablar de éxito cuando más de la mitad de la capacidad hotelera sigue vacía es, como mínimo, una lectura complaciente.
La ocupación hotelera se usa como indicador de salud del sector, pero rara vez se analiza qué tipo de empleo está generando. Contratos temporales, salarios bajos y alta informalidad siguen siendo la norma. El turismo como motor económico suena bien en los informes, pero en la práctica muchos trabajadores siguen viviendo en la precariedad. El impacto económico del turismo en Colombia no se mide solo en dólares, sino en condiciones dignas, y ahí el balance es mucho menos optimista.
La conectividad aérea también se presenta como un logro incuestionable. Más pasajeros, más vuelos y aviones con alta ocupación parecen señales de eficiencia. Sin embargo, el crecimiento acelerado de la movilidad aérea no ha venido acompañado de mejoras visibles en aeropuertos regionales, ni de una estrategia clara para reducir impactos ambientales. El turismo sostenible en Colombia sigue siendo un concepto atractivo en el discurso, pero débil en la acción.
Otro dato que se celebra es el aumento en ventas de las agencias de viajes y el liderazgo de los paquetes turísticos internacionales. Paradójicamente, esto revela una dependencia preocupante del turismo emisivo y de productos estandarizados. Mientras más colombianos viajan al exterior, el país sigue sin consolidar una oferta interna fuerte, diversa y competitiva. El crecimiento de las agencias no necesariamente significa fortalecimiento del turismo local.
La encuesta gremial confirma que el turismo vacacional domina, mientras el segmento MICE avanza con lentitud. Esto demuestra la falta de una política clara para diversificar la demanda y reducir la estacionalidad. Seguir apostando casi exclusivamente al sol y playa es una receta conocida que ya ha mostrado sus límites. Colombia insiste en vender lo mismo, de la misma forma, esperando resultados distintos.
El turismo en Colombia en 2025 no está en crisis, pero tampoco es el éxito rotundo que algunos quieren vender. Las cifras son reales, pero incompletas. Sin una mirada crítica, sin planificación territorial, sin sostenibilidad ambiental y sin una distribución equitativa de beneficios, este boom turístico corre el riesgo de convertirse en otro espejismo económico. Celebrar está bien, pero cuestionar es urgente. Solo así el turismo dejará de ser un titular atractivo y se convertirá en un verdadero proyecto de país.
La economía funcionaría mejor si la población tuviera seguridad en todo el territorio, capítulo en el cual ha habido serio retroceso