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Analistas 09/04/2024

La empresa con la que me casé

Sergio Molina
PhD Filosofía UPB

El duelo es un estado sentimental de desacuerdo con lo que amamos y que ya no está o no es como antes. Un amigo me detalló su “tusa laboral”, un duelo por la empresa en la que trabajaba. Me manifestó: me divorcio, “ella ya no es la misma”.

De hecho, “a lo mejor nunca fue lo que yo pensé”, continuó su lamento laboral, confirmando lo que tanto olvidamos: estamos en relación con todo, hasta con la empresa. En otros tiempos, las organizaciones promulgaban su prestigio, legalidad, calidad de productos y servicios, sus balances sociales y la responsabilidad social empresarial, su carácter multinacional, su liderazgo en un renglón económico, su cotización en bolsa; lo que hacía suponer buena remuneración y clima que despertaban deseos de estar en esta o aquella compañía.

Era más meritorio trabajar en unas, antes que en otras y ello se rumoraba. En las empresas, se intentó desarrollar una campaña forzada según la cual todos “se ponían la camiseta” y además la sudaban, como metáfora de la productividad.

Motivadores sensibilizaron en cuanto a que la empresa no se componía de colaboradores, si no de miembros de una familia, incentivando el sentido de pertenencia. Familia hasta que la independencia económica de las nuevas generaciones se vino con todo y su free lance, aclarando que ni familia, ni colaboradores: ¡trabajadores! Yo trabajo y usted me paga, una elemental relación laboral que se aparta de la emocionalidad.

La vieja guardia laboral era más idealista y romántica que la de hoy en cuanto a la empresa con la que se relacionaba. El bienestar laboral se limitó a la obligatoriedad legal y el clima laboral a las mínimas condiciones de espacio, luz y humedad si es que no se trata de teletrabajo.

Mi amigo continuó pormenorizando lo que definió como “haber perdido el aroma”, ese olor a nuevo del juguete de la infancia que se iba yendo, empresa y empleado se volvieron comunes y a veces odiosos, al punto de que él ya no era incluido en grupos de WhatsApp o no le participaban de la cena de jubilación de algún veterano, una sutil violencia que lo desencantaba.

La empresa, “resultó igual a otras”-decía-, “no era lo que esperaba”. Concluí que se trató de una relación idílica que llegó a su punto y que, en términos de relacionamiento sociocultural de hoy, cayó en la “rutina” o “cumplió el ciclo”. Sí, con las empresas establecemos una coincidencia temporal, un usufructuo, un beneficio perentorio, algo no muy distinto a lo que pasa entre amantes.

Oyendo reafirmé que, en cuanto a la imagen corporativa, hay muchos supuestos, imaginarios y estados que solo están en la mente del aspirante a un cargo. Idealizamos la relación y pertinencia laboral en un constructo con príncipe y caballo blanco.

Entendí perfectamente su despecho de oficina. Empresas y personas cambiamos como los ríos, los empleos y roles corporativos, son retratos del momento animoso y quizá perecedero, como en el amor de pareja.

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