Otra oportunidad desaprovechada

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En 1999, la Organización Mundial del Comercio (OMC) estaba en sus mejores años. El comercio mundial crecía a ritmos acelerados y las multinacionales, con su lobby activo, abrían nuevos mercados para sus productos y servicios en países que mantenían una política proteccionista.

El excesivo ritmo de crecimiento del comercio mundial generó rechazo en los grupos activistas. ¡Cómo olvidar la contracumbre realizada en contra de la OMC en Seattle en 1999!, en la cual miles de personas convocadas por sindicatos, organizaciones comunistas, ecologistas y anarquistas hicieron fracasar la llamada Ronda del Milenio. Sin embargo, estas manifestaciones no disminuyeron el ritmo de la globalización y el comercio mundial siguió creciendo a tasas del 12% hasta 2008.

A partir de 2008, las realidades del comercio mundial cambiaron drásticamente y este último dejó de crecer. China, el país cuyas exportaciones seguían creciendo, tomó las riendas para tratar sacar a la OMC de su mal momento en el escenario mundial. Atascada desde años en la Ronda de Doha y cuestionada por muchos de sus miembros, la OMC enfrenta ahora los embates del presidente Trump en su frontal asalto al multilateralismo. En el presente, su crisis es tan grave que podría llevarla a desaparecer, generando una amenaza para el libre comercio mundial.

Como ha sido descrito por The Economist, el mundo está hoy expuesto a un proceso de Slowbalization, no solo por la guerra comercial entre Estados Unidos y China, sino por el aumento en los precios del transporte y de la participación de los servicios locales en la canasta global y, por la reciente limitación regulatoria a la inversión extranjera en Estados Unidos y Europa.

La mala hora de la globalización dificulta sobre manera el desarrollo de los países que, como Colombia, no tuvieron una estrategia contundente para aprovechar los mercados de países con alto poder adquisitivo para construir una infraestructura productiva y aumentar su competitividad. Así como muchos criticaron en su momento el desperdicio de la bonanza cafetera, hoy tenemos que reconocer que la tibieza en la política pública de desarrollo no permitió aprovechar la apertura de los mercados internacionales para posicionar nuestro aparato productivo.

Si tuviésemos que encontrar un culpable a nuestra falta de oportunismo para aprovechar las oportunidades de desarrollo que nos presenta el entorno global, tendríamos que mirar hacia nuestro sistema político. La visión garantista de nuestras instituciones y en especial de nuestras cortes, el enfoque asistencialista de gran parte de nuestros dirigentes y la falta de consenso para impulsar la economía con la ayuda del sector empresarial hacen que periódicamente nos lamentemos de las oportunidades perdidas, mientras vemos como se desarrollan otras regiones del planeta llevando bienestar a su población.

Desgraciadamente no parece vislumbrarse un cambio en la factibilidad de que un líder visionario implemente en el país una estrategia contundente para lograr que logremos niveles de desarrollo satisfactorios. Mientras nuestro régimen político no le dé al ejecutivo suficiente margen de maniobra, por la intromisión de un poder judicial que responde parcialmente por sus conceptos y los intereses personales que permean el poder legislativo, seguiremos lamentándonos por no aprovechar las oportunidades que se nos presentan.

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