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Analistas 26/02/2026

Hacerlo con el miedo

Guillermo Cáez Gómez
Socio Esguerra JHR
GUILLERMO CAEZ

Durante mucho tiempo nos han dicho que el miedo es el enemigo. Que hay que vencerlo para poder avanzar, decidir o liderar. Que el liderazgo auténtico exige ausencia de miedo, como si sentirlo fuera una señal de debilidad o falta de carácter. Y así, generación tras generación, aprendimos a repetir el mismo consejo: hágalo con miedo. Como si el miedo fuera un obstáculo que hay que atravesar a pesar de su presencia.

Pero tal vez el problema no es el miedo, sino la forma en que nos relacionamos con él. El miedo ha sido, durante millones de años, un sistema de protección. Nos mantiene atentos, enfocados y capaces de anticipar riesgos. Nos advierte sobre amenazas y nos invita a prepararnos. Sin embargo, en el contexto del liderazgo, hemos querido convertirlo en un adversario a derrotar. Lo tratamos como si fuera un aviso de “no pase” o “peligro”, un bloqueo que hay que ignorar para demostrar valentía.

Esa narrativa nos llevó a intentar hacer las cosas con miedo o a pesar del miedo. A forzarnos a actuar mientras intentamos silenciarlo, como si hacerlo desaparecer fuera la única forma de avanzar. El resultado es conocido: parálisis, sobreanálisis y decisiones tomadas desde la reacción, no desde la conciencia. El miedo deja de ser un sistema de alerta y se convierte en un ruido que interfiere.

Tal vez ha llegado el momento de dejar de hacerlo con miedo y empezar a hacerlo con el miedo. No se trata de enfrentarlo como enemigo, sino de integrarlo como guía. Hacerlo con el miedo implica reconocer su presencia y preguntarnos qué está intentando decirnos. Implica pasar de la resistencia a la atención.

El miedo bien leído no paraliza: orienta. Nos invita a mirar con mayor detalle, a preparar mejor nuestras decisiones y a asumir responsabilidades con mayor claridad.

En liderazgo, esto es clave. Las decisiones relevantes rara vez llegan en contextos de certeza. Llegan acompañadas de dudas, de información incompleta y de consecuencias inciertas. Pretender liderar sin miedo es pretender liderar sin contexto. En cambio, liderar con el miedo permite avanzar con vigilancia, sin caer en la hiperalerta que desgasta ni en la negación que expone.

Por eso, más que intentar vencer el miedo, conviene cuestionar la narrativa que lo convierte en enemigo. Desaprender la idea de que el liderazgo exige ausencia de temor y aprender que exige lectura emocional. El miedo no es una señal de que debamos detenernos; es una señal de que debemos prestar atención.

Los retos que enfrentan hoy las organizaciones y las personas no demandan líderes que nieguen lo que sienten, sino líderes que sepan interpretarlo. Que puedan convertir la alerta en enfoque, la duda en preparación y la incertidumbre en criterio. El liderazgo no consiste en no tener miedo, sino en saber caminar con él.

En el entorno corporativo, esta diferencia cambia la forma de decidir. Hacerlo con el miedo no es ceder al pánico; es utilizar la información que trae. Permite diferenciar entre alerta y alarma, entre preparación y evitación. Un líder que integra el miedo observa, prioriza y actúa con criterio.

En términos personales ocurre lo mismo. El miedo señala dónde hay responsabilidad y aprendizaje pendiente. Integrarlo transforma la prisa en foco y la impulsividad en intención. Así, el miedo deja de ser freno y se vuelve instrumento.

Hacerlo con el miedo no reduce la exigencia del liderazgo; la eleva. Liderar también es aprender a avanzar cuando el mapa aún no está completo.

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