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Analistas 29/06/2026

Dávinson, Pie Grande

Desde hace poco más de un siglo ni la ciencia ni la cultura se han puesto de acuerdo sobre la existencia de Pie Grande, aunque ambos lo necesitan para conservar el mito. En 1811, el explorador británico David Thompson reportó hallazgos de huellas de hasta 60 centímetros que, según sus investigaciones, pertenecían a una criatura simiesca, peluda y sigilosa que se movía por los bosques del noroeste de los Estados Unidos.

Cada junio, como sucede ahora, los habitantes de Bluff Creek, California, celebran un festival donde Pie Grande es el gran protagonista, tal como ocurrió en 1967 en la cinta de Patterson-Gimlin, en la que se muestra una silueta bípeda y gigantesca que cruza un bosque.

Con ocasión del Mundial de Fútbol y con pruebas irrefutables, según la tecnología del VAR, Pie Grande juega en Colombia y apareció de forma fantasmagórica ante Portugal, con cientos de miles de espectadores como testigos de la grandeza, la fuerza, la agilidad y el rugido de gloria de Dávinson Sánchez, nuestro Pie Grande, que ahora ha puesto a la ciencia y a la tecnología, no a los aficionados, a discutir si era gol o no, porque una uña larga en su pie derecho no alcanza para determinarlo. Al diablo la tecnología, que viva el fútbol.

La historia se encargará de establecer el tamaño de la injusticia con un hombre como Pie Grande, el enorme Dávinson Sánchez, quien ha tenido que atravesar los bosques más difíciles en la maraña del fútbol y superar los obstáculos de haber nacido en la Colombia profunda y violenta del Cauca para abrirse paso solo con la fuerza de un Gigante.

Si el VAR tuviera corazón no sería VAR. Y sin VAR todo sería mejor, sobre todo en los casos en los que como el de Dávinson no hubiera sido pecado tener que luchar contra la pobreza, el abandono y el racismo que muchas veces lo ha hecho sentir como el mismísimo Pie Grande, ese hombre aterrador de los americanos, por fortuna convertido en mito y deidad cultural.

Guardo la esperanza, porque creo en la justicia divina, que más adelante a Dávinson Sánchez la propia tecnología le dará su recompensa. Llegará el día en que el VAR sepa que ese muchacho de contextura fuerte, piel fina y color natural, tiene el “pie grande” porque durante su juventud, gambeteando la pobreza como en el “Sueño del Pibe”, tuvo que caminar cientos de horas y miles de kilómetros, algunos de ellos descalzo, para poder llegar a los entrenamientos y ganarse un lugar entre los grandes.

Tal vez, entonces, no sólo un estadio lleno, sino el mundo entero, podrán gritar como sapiens que “era gol de Dávinson” y que el mito de Pie Grande también le pertenece al fútbol, porque aquí sí hay evidencia de lo que alguna vez dijo Jorge Luis Borges al atribuirle una frase a Albert Camus: El fútbol es el opio del pueblo.

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