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La Junta Directiva del Banco de la República, en su reunión del pasado 30 de enero, decidió elevar la tasa de intervención en 1%, a 10,25%. Esta fue su respuesta ante la subida de 23,7% en el salario mínimo para 2026 y las consecuencias que tendrá sobre las fuerzas inflacionarias. Aunque contundente, esto puede haber sido apresurado, por varias razones.
Primero, el aumento inesperado del SM establece un cambio radical en los precios relativos de toda la economía y para todos los agentes, lo que los llevará a múltiples ajustes, midiendo sus fuerzas en el mercado, intentando por lo menos conservar sus márgenes o su ingreso real. Una alta inflación será entonces no solo inevitable sino necesaria para el reacomodo eficiente de la economía.
Segundo, la mayoría de agentes del mercado pueden sobrevivir solo a un número limitado de restricciones y conmociones adversas. El nuevo SM es ya un reto formidable: el costo para el empleador pasó de US$450 durante 2023 (TRM promedio $4.326) a US$822 esta semana (TRM $3.650), casi el doble. La muy difícil coyuntura no es apropiada para una tasa significativamente más alta que, asimismo, reforzará la revaluación del peso. Las empresas grandes y pequeñas, quienes tienen sobre sus hombros mover la economía, enfrentan ahora una batalla adicional, costos financieros repentinamente mucho más onerosos. Con dificultad han sobrevivido estos años a la erraticidad gubernamental gracias, entre otros, a los altos precios internacionales de los commodities y ciertamente al insostenible déficit fiscal. Algunos sectores, donde la financiación es esencial, como la construcción, continuarán postrados.
Tercero, frente a la presión inflacionaria que trae el alza del SM, el incremento en la tasa es un paliativo ineficaz. Este incremento busca directamente contraer la demanda. En general, una inflación originada en un shock de costos, como la que se viene, requiere de una aproximación distinta. La economía no absorbe fácilmente el impacto de un aumento desproporcionado del SM. El Emisor puede analizar lo sucedido en los dos años pasados, cuando el SM escaló muy por encima de la inflación del año precedente, tanto en 2024 (12,1% vs IPC 2023, 9,3%) como en 2025 (9,54% vs IPC 2024, 5,2%). A pesar del empeño del BR por bajar la inflación manteniendo la tasa de intervención muy alta, y a pesar de la fortísima revaluación (17% en 2025), muy favorable para controlar precios al consumidor, la inflación apenas se contuvo en 5,2%. Eso sí, gracias al esfuerzo del BR, el Presidente promulgó que había logrado validar el incremento en el poder adquisitivo del SM.
Y quedan interrogantes, dada la magnitud de la subida del salario mínimo para 2026, ¿no podría esto mismo generar una contracción tan grande vía, por ejemplo, disminución de empleo y/o de producción, que neutralice la presión inflacionaria?.
Las circunstancias actuales no tienen precedentes; para el BR habría sido tal vez más práctico esperar el rumbo efectivo que tomen las variables macro para diagnosticar con mayor precisión.
Uno de los aspectos más relevantes de la experiencia emiratí es su enfoque integral. La inteligencia artificial no se concibe únicamente como un instrumento de modernización tecnológica