Los géneros probablemente tuvieron cierto equilibrio en las precarias circunstancias del paleolítico inferior y medio; quizá ya en el paleolítico superior, tras haberse desarrollado las posibilidades de usar el lenguaje para aproximarse al pasado y al futuro hace unos 70.000 años, haya comenzado a formarse un ordenamiento social apropiado a frío extremo que terminó en el neolítico, hace unos 10.000 años. Desde entonces se establecieron cultivos, lo cual permitió acumular energía, construir urbes y establecer institucionalidad política y religiosa. Ya era evidente la superioridad de los varones en las estructuras de poder, con el respaldo de la fuerza bruta. Esta condición se ha mantenido hasta hoy, con toda suerte de argumentos falaces; se adujo que el hombre tiene más capacidad intelectual para los procesos ordenados de la ciencia y la matemática, tesis desvirtuada, pues está claro que estas disciplinas tienen importantes componentes intuitivos, por un lado, y que no hay diferencia práctica en procesos racionales entre hombres y mujeres.

La fisiología hoy reconoce las diferencias entre los géneros pero no adjudica superioridad en capacidad de aporte a uno u otro; sin embargo, esto no se traduce todavía en el criterio de equidad aplicado a la vida cotidiana en sociedad. Incluso todavía credos religiosos muy importantes aceptan la pluralidad de esposas para un varón, pero ni siquiera consideran la posibilidad de que una mujer tenga varios esposos. En esta situación muchos varones no logran construir relaciones significativas con una mujer por la escasez residual, y muchas mujeres solo son vehículo de placer de sus cónyuges. Se ha avanzado en el reconocimiento de los derechos de la mujer, pero en el machismo es aún evidente: muchas mujeres trabajan para aportar al sostenimiento del hogar en una relación de pareja, pero deben además hacer las tareas domésticas, pues su cónyuge se declara exento de esta responsabilidad.

Se aduce incluso que la separación radical de responsabilidades trae dignidad a la mujer, encargada del ámbito doméstico, donde su sensibilidad estética impera y neutraliza la tosquedad del varón. También abundan las evidencias de violencia intrafamiliar a raíz de la manifestación de interés vocacional de la mujer. Todo esto trae frustraciones, conflictos ulteriores y pérdida de potencial para la sociedad desde todas las perspectivas.

El machismo es el mayor obstáculo para lograr soluciones de convivencia más armónicas, eficientes y creativas. Es obvio que induce el desperdicio de la mitad de los recursos de la sociedad, pues el número de mujeres y hombres es bastante similar. Valorar la diferencia de géneros no significa legitimar la subordinación de la mujer; y es necesario para enfrentar los retos de esta época. Llama la atención el especial interés desde hace varios años por acabar con la discriminación de la mujer en Japón, quizá una de las sociedades con más tradición machista, tras tres décadas de estancamiento económico. Se ha entendido lo evidente, como camino para salir del atolladero: la mujer y el hombre deben cooperar en el trabajo, en la vida doméstica y en la vida social y política. Ojalá Latinoamérica reflexione en esta materia, pues los avances de la mujer en estos países son fruto de luchas contra la corriente, y son insuficientes. El equilibro como propósito sería el comienzo de una nueva era.