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Hay momentos en los que callar sería más útil y responsable. Y este es uno de ellos.
Presidente, lo que usted está haciendo con el sistema electoral colombiano no es una simple crítica política; es una siembra deliberada de desconfianza desde el lugar más alto del poder. Una sombra lanzada sobre las elecciones antes de que ocurran. Y eso es profundamente irresponsable.
Usted habla de fraude sin presentar pruebas; sugiere manipulaciones sin activar los canales institucionales; cuestiona la transparencia sin acudir a los jueces. Esa conducta no es control democrático, es presión política. No es vigilancia institucional, es erosión calculada de la confianza pública.
Porque cuando el presidente de la República pone en duda al árbitro electoral, no está enviando un mensaje neutro. Está preparando psicológicamente a su base para desconfiar del resultado si no le favorece; está debilitando el terreno común sobre el cual se sostiene la democracia.
Y hay algo más grave aún, algo que raya en la incoherencia histórica. El mismo sistema que hoy desacredita fue el que contó sus votos cuando llegó al Congreso, el que validó su elección como alcalde de Bogotá, el que certificó su triunfo presidencial. No hubo entonces una denuncia estructural desde la Casa de Nariño; no hubo una narrativa oficial diciendo que el software estaba capturado o que el árbitro era sospechoso. Ganó… y el sistema era legítimo. Ahora, cuando el panorama político es incierto, el sistema se convierte en problema.
Esa doble vara es inaceptable. No se puede gobernar bajo la lógica de que las instituciones son confiables cuando me favorecen y corruptas cuando no. No se puede exigir respeto por la voluntad popular mientras se dinamita el mecanismo que la expresa. No se puede hablar de democracia profunda mientras se instala la sospecha sin sustento.
Si existen pruebas de fraude, preséntelas ya; no en discursos ambiguos, no en mensajes elípticos, no en insinuaciones lanzadas al aire… preséntelas ante la Fiscalía, ante los jueces, ante los órganos de control. Que sean ellos los que investiguen y procedan, y no usted emitiendo un juicio para levantar a su tribuna. Repetir sospechas sin evidencia, con sesgo ideológico y con todo el poder en las manos, es jugar con fuego en un país que conoce demasiado bien las consecuencias de la deslegitimación política.
Colombia no necesita un presidente que actúe como candidato permanente. Necesita un presidente que entienda el peso de sus palabras, que mida el impacto institucional de cada acusación, que proteja la arquitectura democrática incluso cuando esa arquitectura no le garantiza un futuro cómodo.
Ningún proyecto político, por transformador que se autoproclame, tiene derecho a poner en riesgo esa base por cálculo, por estrategia o por miedo a perder.
Presidente, la democracia no es un instrumento que se usa y se descarta según la conveniencia del momento. Es un pacto colectivo. Y hoy, desde el poder, usted lo está tensionando peligrosamente.
Respete las instituciones que lo hicieron presidente. Respete a los ciudadanos que votan creyendo que su voto vale. Y, sobre todo, actúe con la responsabilidad que exige el cargo que ocupa… porque sembrar dudas sin pruebas no es valentía política; es una irresponsabilidad histórica.
En el caso de México y Colombia, la variable de ajuste ha sido un escalamiento de la informalidad laboral, dado que cerca de 50% de los cotizantes a la seguridad social devengan precisamente ese “impagable mínimo”