miércoles, 22 de julio de 2020

Más columnas de este autor Germán Eduardo Vargas - german.vargas@uniandes.edu.co

Mientras Duque se hace el despierto y Alicia sueña con el país de las maravillas, la Corte y el Congreso siguen dormidos; la Representante del Partido Verde, Katherine Miranda, aboga por las sesiones en pijama, y el Proyecto de Ley de Etiquetado luce trasnochado, e ignoró la huella de carbono.

Las marcas «top of mind» venden toxicidad; acatando la sagrada mercadología estimulan nuestros impulsos más primitivos -vulgares, según la Ética a Nicómaco- con empaques atractivos e ingredientes adictivos. Asimismo, reconocidas empresas destruyen el planeta o maltratan a los grupos de interés que no están etiquetados como «accionistas», mientras se envuelven con acreditaciones como «Great Place To Work»; solo una minoría puede pagar esa encuesta, manipulable mediante «endomarketing».

Transando el desgaste físico, emocional o ético, muchos empleados se corrompen; otros consideramos el bienestar no negociable, y sabemos que el dinero no vale un «burn-out». De hecho, apenas empezó a ser validado como enfermedad «profesional» y sus causales parecen demasiado limitadas.

Ahora, la pandemia demostró que el rescate es a lo sumo económico, y asume que el riesgo sicosocial permanece «sellado al vacío» laboral. Pero contaminó al hogar. «Trabajo en Casa» es solo otra etiqueta, y la necesidad hace que traguemos entero los «aditivos» de las jornadas difusas, porque es la única manera de «conservar» el trabajo que algún día procesarán con sustitutos «artificiales».

El mercado laboral está en cuidados intensivos y las empresas obsesionadas con sus dimensiones; adelgazan siguiendo una trastornada dieta, cuyo régimen es bajar costos evitando absorber empleados, induciendo el acto reflejo de expulsarlos y edulcorando la desregulación (downsizing, outsourcing, free-lancer o «rappi-zación»). Desnaturalizada e insípida, derrumbó la pirámide de necesidades humanas (Maslow): la competencia venció a la filiación, «adulteró» la realización, y ni siquiera garantiza estándares mínimos de seguridad (parece que definiera a Colombia, ¿verdad?).

Pronto dejaremos de usar mascarillas, y ojalá sinceremos la etiqueta laboral; verbigracia, el obsoleto y séptico traje perdió lustre desde que banqueros, abogados y consultores, se disfrazan así para cometer delitos. Como el Representante del Centro Democrático, Juan Pablo Celis, quien se masturba durante las sesiones del Congreso a las que asiste en pantaloneta.

En clave de dignidad, parece más limpio el overol. Al respecto, los invito a leer el Capítulo 7 de ‘Utopía para Realistas’, libro que también promueve la Renta Básica Universal (agrego, Igualitaria), y la semana laboral de 15 horas, pues el ciclo del progreso nos está llevando de regreso al pasado. Promovamos la relocalización de las empresas para mitigar la pérdida de tiempo en el tráfico y los extensos desplazamientos, e incentivar el uso de medios de transportes amigables y saludables, como la caminata o la bicicleta mecánica.

Magistrados y Congresistas: aunque se vistan de seda, con los más de $40 millones que les pagamos, ¿vagos se quedan? Espero que el próximo año celebremos la Independencia de poderes y controles, y les recomiendo ‘Psicología Del Vestido’ (Flugel).