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Egonometría

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Germán Eduardo Vargas

La ciencia aspira unificar el estudio de los fenómenos naturales, a escala subatómica y sideral. La economía, pseudociencia cuyo objeto de estudio fue creado por el hombre, no tiene intención de conciliar lo macro y lo micro, y nos deja en medio de ese tire y afloje.

Sus únicos principios son el solipsismo y la «relatividad»; así concibe y perpetúa el individualismo, y el disenso entre estratos o realidad-utopía. Por eso considero a la literatura universal como fuente imprescindible, de ilustración e inspiración, que los tecnócratas buscan rehuir.

Verbigracia, Swift utiliza escalas (12x) para relativizar nuestro pérfido ideario; paradójicamente, su estremecedora crítica ha sido banalizada como aventura infantil. Conectando puntos, razones absurdas incentivan el oportunismo (Liliput), determinan el conflicto (Blefescu), normalizan el exceso (Brobdingnag) y justifican la aparente superioridad moral (houyhnhnms).

Pan y circo, la versión económica de Laputa viviría absorta entre ciclos, numerología y trucos matemáticos. Sobre su altar, en Balnibarbi, estarían los soberbios “proyectistas”, cuya racionalidad parece heredada de cuanta investigación digna de Ig Nobel, y su aspiracional inmortalidad está condenada por el enfoque ex-post, la auditoria forense y nigromancia (Glubbdubdrib).

Atormentados por tener que atestiguar los constantes falsos “positivos” de sus homólogos (struldbrugs), y amparados por la vanidad para no reconocerse como tal (yahoos), la mayoría de esos economistas se creen súper-humanos, y tampoco los aterriza el desprecio de quienes esperábamos más de ellos (houyhnhnm).

La predicción de Gulliver es que el futuro será peor, y su deducción distingue de manera inversa la grandeza y alteza. La nostalgia implícita en lo primero, evoca un imaginario viaje de los salarios reales hacia el pasado; y el pragmatismo de lo segundo, hace que la creciente disparidad no se distribuya de manera uniforme en los diferentes estratos. El nombre de ese efecto, «marginal», también define a quienes viven excluidos, de modo forzoso.

La clase media se contagió y está en el Limbo: homónimo de un concurso que excluye a quienes no logran pasar bajo cierto umbral, que progresivamente se contrae hasta hacerse minúsculo. Esa prueba desafía la gravedad de la situación económica, y superarla requiere esforzarse para pasar casi arrodillados; dicha «humillación» es la única alternativa para intentar sobrevivir a la indignante bajasta de los mínimos vitales.

Desde luego, a los gigantes -oligopolios y monopsonios- se les permite pasar sobre la barra. Inconsecuentes, las disputas entre economistas -o agentes económicos-, son asunto de «ego-no metría»: de perspectiva, macro y micro; y de sentido, izquierda y derecha. Ignoran a quienes está en el centro, soportando el tire y afloje, como aquel juego que fue deporte olímpico hasta 1920, en Bélgica (Tug of War).

Pedir pagos (justos) en plazos oportunos, enfrenta a las micro-pequeñas empresas, que democratizan el empleo, con las megaempresas, que concentran la riqueza. El «master» de la Andi amenazó sustituirlas, mientras sigue haciendo gala de elusión del Código de Comercio (Art. 774), y su permutación, Dian, las presiona hasta asfixiarlas.

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