“Llovió cuatro años, once meses y dos días. Hubo épocas de llovizna en que todo el mundo se puso sus ropas de pontifical y se compuso una cara de convalenciente para celebrar la escampada, pero pronto se acostumbraron a interpretar las pausas como anuncios de recrudecimiento”

GGM

Gabo, Gabo, Gabo siempre tan pertinente. La violencia en Colombia lejos de ser un hecho aislado es un común denominador, sistemático y arraigado hasta los tuétanos en la cultura de nuestro Macondo. En nuestro caso la lluvia y asonada de violencia lleva más de cuatro años, once meses y doce días, lleva décadas con diferentes momentos donde se recrudece o se apacigua, pero siempre está al acecho esperando el momento preciso para recordarnos la primitiva, adolescente y decadente sociedad a la que hemos llegado. Ser colombiano es un sentimiento agridulce que duele y me gustaría que toda esta locura de mundo parará por un segundo para bajarme, respirar y volver con optimismo a seguir en la lucha de la construcción de una Colombia de oportunidades.

La muerte de Javier Ordóñez me dolió hasta lo más profundo de mi ser. Ver un ser indefenso (sin importar la razón por la cual se estaba realizando el procedimiento policial), suplicando que por favor parara el abuso por parte de dos policías que juraron proteger y defender a la ciudadanía, lo hace más doloroso aún. La muerte de las cinco víctimas fatales en los hechos ocurridos en la noche del 9 de septiembre también debería ser motivo de un luto nacional. Ver a la ciudad en llamas me confrontó con la profunda sensación de desesperación a la que hemos llegado como nación. En total fueron 248 ciudadanos y 147 policías heridos.

La ciudadanía reclama justicia, equidad y oportunidades y pareciera que todos los sectores de la sociedad han llegado a un acuerdo sobre la necesidad de nuevos resultados. Soy escéptico a los cambios estructurales desde la normatividad o las leyes, dado que estas no transforman la arquitectura de la decisión de las personas, si así lo fuera, cada dos años no anunciaríamos una nueva reforma fiscal, o tal vez, el sin fin de leyes que existen actualmente nos harían comportarnos de manera mucho más civilizada. Claro que hay que reflexionar sobre los acontecimientos recientes, pero hasta tanto no entendamos que somos una sociedad enferma, producto de la violencia que nos ha azotado por años y que hagamos una terapia social colectiva de verdad, justicia, perdón y reparación, el ciclo de violencia nos seguirá azotando como la eterna lluvia de Macondo.

Duele ver la profunda polarización de un país que justifica la violencia desde las dos orillas. ¿Acaso no duelen igual nuestros soldados y policías que día a día mueren en el ejercicio de su profesión? ¿Acaso vale más la vida de un manifestante que la de un policía? ¿No somos todos ciudadanos? Ni el abuso policial se puede justificar, ni tampoco se puede romantizar el vandalismo y convertir la destrucción masiva de la ciudad en la regla cada vez que nos indignamos. Como tampoco, se puede estigmatizar la protesta social como vía legitima para una sociedad democrática que debe encontrar en la diversidad de expresiones, caminos para las grandes transformaciones. Pareciera que no tenemos el mas mínimo respeto ni valor por la vida.

Hoy más que nunca necesitamos alejarnos de las discusiones del gobierno de turno y aferrarnos a las instituciones, por que son estas últimas las que permiten en democracia, tramitar nuestras diferencias y liderar los cambios estructurales, adaptativos y evolutivos que van surgiendo en el camino. En noviembre fue Dylan, los primeros meses del año nuestros líderes sociales, luego nuestros jóvenes, hoy Javier. ¿Y mañana?

La responsabilidad es mayúscula como para dejársela al Gobierno de turno, ayer era Santos, hoy Duque, mañana el que sea, pero la verdad es que un gobierno no tiene el poder de transformar una colectividad. La responsabilidad es de todos y se necesita una ciudadanía activa que desde el ejercicio de la democracia y las instituciones lidere el cambio social que Colombia necesita. Hasta entonces, seguirá lloviendo y seguiremos siendo un país con cola de marrano.