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A mí también me aturdió lo del aumento desmesurado del salario mínimo; el mejor adjetivo calificativo que se me ocurrió para ese acto fue el de irresponsabilidad. La intencionalidad que intuyo en el presidente es la de caotizar. El objetivo principal en el libreto Petro es el de polarizar.
Sin embargo, atendiendo a Santa Teresa de Jesús en cuanto a que “siempre es vano el conturbarse”, invoco la esperanza y la dignidad humanas como propósitos para el 2026. El papa Francisco se esmeró en recalcar que la esperanza no defrauda y con ello ilustró una notable diferencia en cuanto al optimismo; no confundir.
No nos esperancemos en que el país cambiará por sí solo, ni creamos que el cambio será de la noche a la mañana. Aguardarse en utopías no es acertado; más bien, preguntémonos si el actual modelo económico y social colombiano es pertinente y eficaz.
El filósofo Byung-Chul Han también distingue entre optimismo y esperanza, explicando que el optimismo es la creencia pasiva de que “todo saldrá bien”, cerrándose a la duda y a la negatividad, mientras que la esperanza es una actitud activa y abierta que reconoce el sufrimiento y la incertidumbre; destaca que “las acciones tienen sentido cuando construimos un ‘nosotros’ colectivo”.
Algunas cuestiones necesarias para aclarar el concepto de la esperanza son: ¿en qué fundamento mi esperanza?, ¿de quién deviene el acto esperanzador? y ¿cómo puedo traducir la esperanza en acción?
Me puedo esperanzar con los pies en la tierra y con discernimiento, detectando el acto malintencionado del presidente que intenta sumar adeptos a su causa. Los bien esperanzados están dotados de sensatez para advertir que el gobernante tiene una animosidad perversa y que, por lo tanto, de él no deba esperarse mucho, realidad colombiana.
La tercera cuestión exige esperanzarnos entre todos con la premisa de que nada se queda estancado, acordando voluntad colectiva antes que individual para contraindicar la realidad. Esperar lo mejor implica hacer lo mejor, de cara a lo que queremos cambiar.
Dignidad y esperanza coinciden en la urgencia de ser aclaradas como concepto. Aspirar a una mejor dignidad conferida también implica acción.
Dotar de dignidad a las personas no tiene nada que ver con poner dinero en sus bolsillos ni decretarles días cívicos; hagamos hincapié en que la dignidad comienza por nosotros mismos, a modo de reclamo —con buen modo— de lo que merecemos.
Aunque pudiera ser un buen principio, esperar que la dignidad venga únicamente de quien gobierna es equivocado. La dignidad es un acuerdo que resulta del diálogo entre quien reclama ser reconocido y quien debe atender el llamado, a partir de un merecimiento constitutivo y volitivo, es decir, de sus buenos y edificantes actos que enaltezcan la persona y el ciudadano.
En tal sentido, cabe otra reflexión: ¿qué, viniendo del gobierno, me genera dignidad?
Somos muchos los dignos y esperanzados en un mejor país y, pese a que el gobierno no da el primer paso, estamos llamados a ‘hacer’, por ejemplo, participando en la democracia.
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Aunque no lo sintamos, aunque no lo reconozcamos, el mercado sí está cerrado. Claro, no hay aún un racionamiento programado diario de energía que nos enfrente a horas diarias de racionamiento que alteren nuestras rutinas