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Juan Carlo Montes, Director TecnoTV y GPS Turístico
Durante años nos acostumbramos a que la tecnología fuera cada vez más potente y, paradójicamente, más accesible. Hoy esa lógica se rompió. Mientras los titulares hablan de los incrementos de inicio de año, la inflación y el impacto de esto en la canasta familiar, una crisis mucho más silenciosa golpea el bolsillo del consumidor: el aumento descontrolado del precio de la memoria RAM, un componente clave que se encareció más de un 500% en 2025.
Lo preocupante no es solo la cifra, sino la naturalidad con la que la industria parece aceptar el golpe. Un módulo que antes costaba lo justo ahora se vende como si fuera un objeto de lujo. Y no hay alternativas reales: quien quiera comprar un computador, un celular o incluso un electrodoméstico moderno, debe pagar más, sin explicaciones claras ni opciones reales para escapar.
La causa tiene nombre propio y se disfraza de progreso: inteligencia artificial. Los centros de datos que alimentan modelos gigantescos devoran memoria RAM como si fuera infinita. La misma RAM que usa un estudiante, un profesional o una familia es acaparada por corporaciones con chequeras ilimitadas. La competencia es desigual y el resultado es obvio.
El mercado no estaba preparado, pero tampoco hizo mucho por anticiparse. La producción se mantuvo estable durante años y, cuando la demanda explotó, la respuesta fue lenta, costosa y torpe. Fabricar más RAM no es cuestión de voluntad, sino de tiempo, inversión y planificación, tres cosas que llegan tarde cuando el negocio ya cambió de manos.
Mientras tanto, el consumidor queda atrapado en medio. Las grandes tecnológicas pueden absorber el golpe, negociar contratos millonarios o trasladar el costo al precio final. El usuario común no. Comprar tecnología en 2026 será más caro y, en muchos casos, significará pagar más por productos que no necesariamente serán mejores.
El retiro de marcas históricas del mercado minorista es una señal alarmante. Si vender RAM ya no es rentable para quien la produce, el problema es mucho más grave de lo que se reconoce públicamente. La industria prefiere vender grandes volúmenes a la IA antes que abastecer a millones de personas que solo quieren actualizar sus equipos.
La RAM no está sola en esta crisis. El almacenamiento SSD, las tarjetas gráficas y los procesadores siguen el mismo camino. Todo el ecosistema tecnológico empieza a encarecerse, arrastrado por una demanda artificial que beneficia a pocos y castiga a muchos. La innovación, irónicamente, se convierte en un freno para el avance real.
La gran pregunta no es si los precios bajarán, sino si alguna vez volverán a ser razonables. La experiencia dice que no. Las crisis pasan, pero los precios inflados se quedan. Y mientras la inteligencia artificial siga creciendo sin control, la memoria RAM dejará de ser un componente técnico para convertirse en un símbolo incómodo de una industria que olvidó a quién debería servir.
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