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Este fin de año fue silencioso. Elegí observar mis emociones en lugar de hacer balances. Me alejé, de forma deliberada, de la obligación de recuentos, conteos, resúmenes y análisis. En el silencio entendí algo esencial: no se trató de aprender, sino de renunciar y soltar. Mudé varias pieles. Solté el miedo a la soledad, la dificultad de decir lo que necesito, el temor a decir no y la culpa por cuidarme —ese egoísmo mal nombrado—.
El proceso ha sido doloroso y, al mismo tiempo, profundamente trascendental. Una catarsis que nos desnuda el alma y nos muestra con crudeza cómo nos alejamos de nuestra mejor versión. Quitarnos el vendaje de los ojos duele, pero también nos devuelve una claridad necesaria: ver los tropiezos, las heridas, los errores… y recordar quiénes somos de verdad. Esto no es autoayuda. Es realidad. Es tener los pies en la tierra y el corazón abierto a lo que necesita ser visto.
Podría hacer un listado de metas, logros y pendientes, pero este cierre de ciclo me invita a algo distinto: viajar hacia adentro con brutal honestidad. Revisar el carrete de fotos del celular, mirar en retrospectiva, entender cómo he llegado a ser quien soy. Pausar la búsqueda de aquello que creemos que nos completa para empezar, por fin, a recordar quiénes somos y depurar las historias que nos hemos contado.
Una de las lecciones más grandes ha sido aprender a amarme. Y sí, es una tarea fundamental de la existencia. El eje silencioso sobre el que se construyen los sueños y las historias de vida. Cuando no sabemos amarnos, nos olvidamos de quiénes somos, abandonamos nuestros anhelos y juzgamos —a los otros y a nosotros— con dureza innecesaria.
Hoy, primero de enero, se abre como una página en blanco. No para llenarla de metas, sino para escribir con honestidad la vida que quiero habitar en 2026. Como escritora, una página vacía siempre provoca ansiedad. Pero también despierta creatividad, presencia y una fe profunda en lo que puede ser. Las pieles que se han ido —producto de relaciones difíciles, situaciones desafiantes, tristeza y dolor— me han dejado más liviana, más libre para avanzar.
Recuerdo una parábola del Evangelio de Tomás: la mujer y la vasija. Una mujer camina por el camino llevando alimento en una vasija rota, sin darse cuenta de que su contenido se va derramando. Al llegar a casa, la vasija está vacía. Metafóricamente, somos esa vasija. Dentro guardamos algo único y valioso: el amor. Y a lo largo de la vida lo perdemos cuando permanecemos en relaciones o causas que nos dañan y olvidamos nuestra vulnerabilidad. Nuestra capacidad de amar a otros está directamente ligada a la capacidad de amarnos a nosotros mismos.
Por eso quiero empezar esta página en blanco con una sola palabra: amor. Amor propio como eje. Amor por la vida y por quienes me rodean. Porque, al final, todos comenzamos el año igual: con una página en blanco y la responsabilidad íntima de decidir desde dónde la escribimos.
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