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Analistas 06/01/2026

Los demás son los cochinos

Brigitte Baptiste
Rectora de la Universidad Ean

Navidad es sinónimo de basura, y en muchas partes los carnavales y fiestas subsecuentes empeoran la temporada al punto del colapso. Las montañas de residuos que se acumulan frente a las pequeñas canecas instaladas por la Alcaldía de Bogotá hace unos años, las dificultades de los recicladores que continúan en la precariedad, la mala disposición de todo por parte de la ciudadanía y los mínimos niveles de aprovechamiento hacen que 82% de lo que desechamos siga siendo basura, pese a las buenas intenciones de la economía circular. ¿Fracaso de la educación ambiental y la cultura ciudadana, más que de las políticas de gestión de residuos, o viceversa?

El tema explotó en la capital en una protesta decembrina (obvio, con bloqueo de vías) que cuestionó la aplicación estricta del Decreto 014 de 2023, que impone severas restricciones al ejercicio de la recolección y separación de residuos por parte de los más de 25.000 recicladores de oficio apoyados por el Distrito Capital a través de la Uaesp, organizados en más de 160 mini pymes (participaron 200 en la reciente sesión de la Mesa Distrital, donde se llegaron a buenos acuerdos), de las cuales 60% se han formalizado; las demás están en ese proceso o no lo han iniciado.

El decreto, con razón, presiona a los recicladores para que no separen en la calle y cierra bodegas clandestinas, con el fin de atacar la precariedad de un modelo que ha venido evolucionando, pero está muy lejos de convertirse en un sector saludable de la economía.

Algunas universidades, como la Piloto, trabajan duro por la formación y formalización de los recicladores en Bogotá, con apoyo de Avina y el Fondo de Regalías, y tenemos a Marce la Recicladora, el maravilloso personaje de Sara Samaniego, quien ha recibido premios y premios por su incansable labor pedagógica y su capacidad de movilización solidaria con las personas que se dedican al reciclaje.

A pesar de ello, la aplicación de las 9 “erres” (eran 3 hasta hace unos años) demuestra lo difícil que es construir una cultura ciudadana que consume y desecha miles de productos que nadie sabe cómo circularizar, porque, a pesar de la propaganda, lo cierto es que no cuenta con opciones tecnológicas disponibles, y lo que hacemos a veces con los residuos de forma casera es ineficiente y empeora las cosas.

En otras ciudades del país, barrios con infraestructura precaria obligan a los vecinos a asociarse ocasionalmente para que un “operador logístico” recoja las basuras y las lleve donde sea, incluso al barrio vecino, a un manglar, una chucua, un río (para no mencionar que seguimos defecando en el agua de los infortunados que habitan cuencas abajo).

Los cochinos siempre son los otros, así como los demás son los que contaminan, emiten CO₂, deforestan o hacen ruido, según habría que deducir de la terquedad de los indicadores que muestran que la situación ambiental del país, pese a los esfuerzos estatales, incluido todo el SINA, de las ONG o de los empresarios, mejora poco.

¿Habrá algo en la cultura que no está funcionando? ¿Será que el culto a la informalidad de algunos gobernantes y el populismo electorero nos mantiene atrapados en la inoperancia? ¿Será que de verdad, detrás de toda la problemática ambiental hay un conflicto de intereses público-privado que no hemos sabido o querido resolver?

Estoy segura de que, para abordar estas preguntas y avanzar en nuevas soluciones, la perspectiva más serena y sensata es la de Sergio Fajardo. Feliz año para tod@s.

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