MI SELECCIÓN DE NOTICIAS
Noticias personalizadas, de acuerdo a sus temas de interés
En diversas columnas he mencionado la importancia de la confianza para trabajar en equipo. Es, sin duda, el pegamento clave para las relaciones y para tener equipos de alto rendimiento. Sin embargo, como todo en la vida, los extremos suelen ser nocivos. El exceso de confianza debilita las relaciones y puede convertirse en abuso de poder.
A nivel familiar, solemos ser más duros con nuestra pareja, hermanos, papá o mamá. En el hogar nos desahogamos o tomamos represalias por un mal día porque estamos en un lugar de confianza. Somos más directos, a veces más injustos o crueles, en la forma de comunicarnos y de actuar porque creemos, erróneamente, que siempre habrá una reconciliación.
En lo profesional, cargamos a nuestros mejores empleados. Nos gusta tanto su forma de trabajar que les delegamos lo más importante, los empoderamos para hacer realidad los proyectos clave y los invitamos a todas las reuniones porque queremos que estén al tanto de toda la información. Con discursos como “queremos que crezcas” y “en un futuro asumirás mi cargo”, podemos llevarlos a niveles exagerados de trabajo.
Lo mismo sucede con los integrantes del equipo con quienes existe una larga historia y una cercanía entrañable. Llegamos tarde a las reuniones porque “ya saben cómo somos”, lo que se traduce en una falta de respeto constante. Pedimos favores que sabemos que solo esa persona hará porque siente que debe algo a cambio. Les hablamos con un tono que no usamos con nadie más porque pensamos, de nuevo erróneamente, que no se van a ir.
Por eso tanta confianza da asco. Porque nos hace olvidar los límites que debemos tener con quienes más queremos, nos vuelve ciegos ante el daño que les causamos a quienes más valoramos y nos hace creer que el afecto justifica el exceso cuando, en realidad, solo lo disfraza.
En el liderazgo se aconseja no caer en la trampa de disfrazar el abuso de confianza con reconocimiento. Y si existen dudas, vale la pena identificar a esa persona del equipo en quien más se confía y hacerse las preguntas incómodas: ¿cómo se siente realmente?, ¿qué estoy normalizando que no debería?, ¿tiene una carga laboral adecuada para su cargo? Con el paso del tiempo, la confianza se fortalece, pero si no se cuida, se agota.
Debería ser una prioridad cuidar a quienes más nos importan. El exceso de confianza no es un halago; al contrario, es motivo de vergüenza cuando nos damos cuenta de que la persona que más nos aguanta no lo hace porque esté bien, sino porque nos quiere demasiado como para decirnos que no. Esa lealtad no merece ser cobrada; merece ser correspondida.
Máxime cuando las cifras se tornan más complejas, pues según datos del Spadies del ministerio, solo uno de cada tres jóvenes que accedieron a estudios superiores logra terminar su formación, evidenciando una alarmante pérdida de capital humano
Pero esa exigencia pierde autoridad si olvidamos nuestra parte. La Constitución no nos diseñó como espectadores. Nos dio derechos, sí, pero también deberes
Las personas, por lo general, podemos resistir jornadas extensas, exigencias fuertes y preguntas incisivas. Pero un mal trato, o incluso su percepción, nos desborda