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Cada cinco minutos, durante el último año, una empresa colombiana empezó a usar inteligencia artificial. La adopción pasó de 34% a 42%, según Desbloqueando el potencial de la IA en Colombia, de Strand Partners para AWS. El mismo informe muestra que 74% la destina a tareas básicas y que apenas 15% lanzó con ella un producto nuevo.
¿Qué medimos, entonces, cuando decimos que una empresa adoptó inteligencia artificial? Casi siempre una fecha de arranque. Rara vez una capacidad instalada. Adoptamos rápido y aprendemos despacio, y sospecho que el problema no es de gestión sino de metafísica.
Bergson dedicó su obra a una distinción que nuestra época borró.
Hay un tiempo que se mide, divisible, hecho a imagen del espacio. Y hay duración, el tiempo en que las cosas efectivamente se hacen. El uno cabe en un cronograma. La otra no cabe en ninguno. En la evolución creadora lo dijo con un ejemplo doméstico. Si quiero prepararme un vaso de agua azucarada, por más que haga, debo esperar a que el azúcar se disuelva.
Esa espera coincide con mi impaciencia, y no es prolongable ni reducible a voluntad. La transformación digital vive de confundir ambas. Se puede acelerar la compra de una licencia porque una compra es una fecha. No se puede acelerar la formación de un criterio, porque un criterio es una duración. Y sin embargo el vocabulario con el que se gobierna esta década trata lo segundo como si fuera lo primero. Time to value. Quick wins.
Hoja de ruta a noventa días. ¿Cuánto tiempo le dio su comité al último piloto antes de cerrarlo? La respuesta suele ser una cifra redonda, fijada antes de conocer el problema.
Quienes deciden lo intuyen. El People Readiness Report 2026 de Kyndryl, con 1.100 líderes de ocho países, halló que 79% admite que la velocidad de la IA superará la capacidad de adaptación de su fuerza laboral, su gobernanza y su modelo operativo. No es una brecha técnica. Es una impaciencia que se sabe impaciencia y no se corrige.
Simone Weil llegó por otra vía al mismo lugar. En sus reflexiones sobre el buen uso de los estudios escolares, de 1942, sostuvo que un problema de geometría mal resuelto forma tanta capacidad como uno bien resuelto, si se le dedicó el esfuerzo debido. Lo que se ejercita no es el resultado. Es la atención, que para ella no era rendimiento sino una forma de espera.
Eso es lo primero que suprime una organización apurada, y es administrable. Un piloto debería tener un plazo mínimo antes de poder cerrarse, fijado por el problema y no por el trimestre. ¿Qué línea de su presupuesto financia hoy el tiempo en que todavía no se entiende algo? Si esa línea no existe, lo que hay no es aprendizaje. Son compras.
¿En qué momento dejamos de tolerar no entender todavía? Ningún tablero registra ese tiempo. No es una demora. Es la forma misma que tiene el entendimiento de ocurrir.
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