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Durante años, los teleféricos urbanos fueron vistos en América Latina como soluciones puntuales, casi experimentales. Hoy, esa percepción quedó atrás, y todo indica que 2026 marcará un punto de inflexión, consolidando a los teleféricos como una alternativa estructural para las ciudades de la región. Las señales son claras y vienen de distintos frentes.
En México, por ejemplo, se está gestando una verdadera revolución en movilidad por cable. A los sistemas ya en operación se suman nuevos proyectos en construcción y recientemente adjudicados, que muestran una apuesta decidida por esta tecnología. Solo en Ciudad de México, dentro de la expansión que se está dando, se desarrolla una línea de 15,2 kilómetros, que se convertirá en el teleférico urbano más largo del mundo. A esto se suman iniciativas como Puebla, con cuatro líneas que alcanzan 13,61 kilómetros, y el sistema de Uruapán, próximo a ser entregado. No se trata únicamente de cifras récord, las grandes metrópolis de América Latina están dispuestas a incorporar soluciones innovadoras, limpias y eficientes a gran escala.
Más al sur, Guatemala también inicia una nueva etapa con el arranque de la construcción de su primer sistema de transporte por cable, que será además el de mayor capacidad de transporte urbano en la región, con 5.500 pasajeros por hora y por sentido, a lo largo de 8,6 kilómetros. Este proyecto marca un antes y un después para una ciudad que ha enfrentado históricamente enormes retos de conectividad y accesibilidad.
La región sigue avanzando. En Chile, el proyecto Bicentenario, próximo a ser entregado, se suma a esta ola de iniciativas que confirman que el teleférico dejó de ser una solución excepcional para convertirse en una opción cada vez más frecuente dentro de los planes de movilidad urbana.
Colombia, por su parte, entra a 2026 con avances y aprendizajes clave. En Bogotá, el inicio de las obras en Potosí marca un nuevo capítulo para el sur de la ciudad, mientras que el cierre de las obras en San Cristóbal demuestra que estos proyectos no solo se planean, sino que se ejecutan y se convierten en realidad para miles de ciudadanos. Cada estación que entra en operación es una prueba tangible de cómo la movilidad puede transformar territorios y oportunidades.
Estos proyectos, aunque distintos entre sí, comparten un denominador común: responden de manera precisa a los desafíos urbanos de América Latina. Nuestras ciudades crecieron, en muchos casos, de forma acelerada y desordenada, sobre laderas, quebradas y zonas de difícil acceso. Donde construir o ampliar una vía resulta costoso o técnicamente inviable, el teleférico ofrece una solución eficiente y con menor impacto ambiental y urbanístico.
El transporte por cable no solo mueve personas; conecta comunidades, y este año se puede consolidar una tendencia que ya está en marcha. Si algo nos muestran los avances en México, Guatemala y Colombia es que el teleférico dejó de ser una promesa para convertirse en una realidad replicable. En ese camino, Colombia tiene una oportunidad enorme. Más allá de Bogotá y Medellín, existen numerosas ciudades intermedias y capitales regionales con condiciones ideales para este tipo de soluciones.