Sacar lo mejor de cada uno

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Un lindo cachorro de león fue abandonado por su madre y acogido cálidamente por un rebaño de ovejas. Fue creciendo en un hermoso paraje, a la orilla de un lago de aguas profundas. Al ser criado de esta manera llegó a creer que él también era una oveja.

Con el tiempo llegó a la edad adulta, desarrollándose como un enorme león, aunque se comportaba como cualquiera de las otras ovejas. Un día se acercó hasta allí un león algo hambriento. El famélico felino quedó sorprendido al notar que ese otro león, más grande y más fuerte que él, huyera despavorido al verle, tal y como hacían las ovejas: brincando y balando de miedo. Después de mucho trabajo, consiguió acorralarle. Le explico de 1.000 maneras que no debía huir de él, ya que al igual que él, era un poderoso león. Pero fue inútil.

Finalmente, con gran tesón, sutileza y sapiencia, lo arrastró hasta un cercano lago. Allí le instó a mirar su propio reflejo en la superficie de las tranquilas aguas. Al observar su anguloso rostro, su musculoso cuerpo y su larga melena, reflejados con claridad en la superficie del lago, sintió un enorme escalofrío por todo su cuerpo, y desde lo más profundo de su ser surgió una profunda e intensa emoción y brotó el más fuerte y poderoso rugido que se hubiese escuchado nunca y que se multiplicó en un eco a través de montañas y valles. Desde ese momento el león prometió defender a aquellas ovejas con su poder y su fuerza. Y así lo hizo hasta el final de su existencia terrena.

El cuento del león y las ovejas es una antigua fábula hindú. En uno de sus entrenamientos, vi a Tony Robbins interpretarla, para despertar en uno de los participantes su esencia. Al termino del proceso, el participante, absorbido en un estado de trance, lanzó desde las vísceras un rugido que resonó en todo el salón de baile del resort en Boca Ratón donde estábamos. Me acordé de este cuento, durante las conversaciones que tuve esta semana con dos gerentes generales de empresas líderes en Colombia. Escuchándolos, aprecié el compromiso que tienen para desarrollar el potencial humano y profesional de los miembros de su equipo primario. Era evidente que el desarrollo del talento humano era una de sus prioridades. También quedó claro que de este enfoque depende el alto rendimiento de una empresa. Fue inspirador escuchar a estos dos altos gerentes, y, como decía el general William Ward, “El maestro mediocre dice. El buen maestro explica. El maestro superior demuestra. El gran maestro inspira”.

Para ser un líder de empresa efectivo, un gerente tiene que creer en su gente, lo que supone asumir que todos los seres humanos quieren sentirse valorados, que el estímulo saca lo mejor de las personas, y que la autoridad es, ante todo, una autoridad moral. Además, es reconocer que la mayoría de la gente no sabe cómo ser exitosa.

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