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ANALISTAS 17/07/2026

El arte olvidado de pausar

Tatiana Arango M.
Macroeditora digital de Diario La República
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En un semáforo, nadie espera mirando el cielo. Todos sacamos el celular. En una fila, revisamos el correo. En el ascensor, respondemos mensajes. Hemos convertido cualquier pausa en un espacio que necesita ser llenado. Creemos que el lujo actual es tener más tiempo para nosotros, pero solo lo llenamos con más tareas interminables. Y eso es justo lo contrario de lo que sucede en la práctica de yoga: el vacío es necesario, porque es donde la respiración se vuelve consciente, donde el cuerpo se escucha y la mente deja de reaccionar automáticamente.

Sí, leyó bien. Rebobinemos. ¿Cuántas veces ha visto en redes sociales a yoguis (practicantes de yoga) publicar fotos o videos de sus posturas espectaculares? Y, aunque se suele pensar que el yoga consiste en movimientos a los que solo pueden llegar personas extremadamente flexibles, realmente nació como una práctica de la pausa antes de que se convirtiera en una disciplina física.

Una de las primeras enseñanzas del yoga aparece en los Yoga Sutras de Patanjali, unos escritos que datan de entre los siglos II a. C. y IV d. C. En ellos se señala que el yoga es el aquietamiento de las fluctuaciones de la mente; es decir, su objetivo original era detener el ruido mental. ¿Y para qué? Si una persona podía limpiar su mente con la práctica, lograba hacer espacio para convertirse en observadora. He ahí la importancia de pausar.

Como el corazón del yoga, desde sus orígenes, fue aprender a detenerse, la última postura dentro de la práctica física se conoce como la posición del descanso, del cadáver o savasana. ¿Por qué terminar acostados sin hacer nada? Porque representa la capacidad de dejar morir la necesidad permanente de hacer. Muchos profesores de yoga dicen que es la postura más difícil porque nos obliga a permanecer quietos. Y eso se nota. Hay yoguis que disfrutan hacer una postura invertida, pero sienten ansiedad cuando deben permanecer diez minutos inmóviles.

Eso dice mucho de nuestra cultura, en la que necesitamos llenar el tiempo y el espacio constantemente.

Aprender a detenerse también tiene una función clave en el día a día: pensar con más claridad, responder antes de reaccionar y, sobre todo, observar las cosas tal y como son.

¿Más problemas en el trabajo que no deberían existir? ¿Otra vez peleas con su pareja o sus papás? ¿Nuevas presiones innecesarias autoimpuestas? Pause, y seguramente las respuestas llegarán.

Aquí es donde se hace fundamental el concepto de aparigraha, que es uno de los códigos de conducta moral que rigen al practicante de yoga. Su traducción sería no acumular, no aferrarse o dejar ir. Pero también podríamos entenderlo como no llenar todos los espacios y momentos de nuestra vida. En otras palabras, hacer menos, no por pereza, sino porque no tenemos que controlarlo todo; poseer menos, porque no lo necesitamos; y pensar menos, porque no tenemos que hacer más ruido. Pausar también es una forma de desapego.

Para lograrlo, se puede volver a los inicios del yoga: respirar, meditar, permanecer sentado y observar. Porque en esos silencios también estamos viviendo: hacerlo no significa que toda la vida se detenga por ello; es aprender a vivir en calma a pesar del ruido que nos rodea. Contrario a lo que diría el refrán, el que calla no siempre otorga; tal vez solo no quiere discutir.

Y usted, ¿cree que el verdadero lujo actual es tener más tiempo o recuperar la capacidad de no llenarlo todo?

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