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Es 2036. Un profesor señala, en la pizarra, el día en que todo cambió. No habla de un discurso ni de una promesa de campaña, sino de una decisión más silenciosa, tomada en las primeras semanas de un gobierno: construir reglas que sobrevivieran al gobierno mismo, no solo administrar la urgencia heredada.
Esa decisión debería estarse tomando ahora, mientras usted lee esta columna. Y tiene dos caras, no una. Primero, construir institucionalidad que trascienda a este gobierno. Segundo, rediseñar el Estado desde una lógica anticipatoria, capaz de leer lo que viene y no solo reaccionar a lo que ya llegó. Colombia necesita resolver las dos a la vez, no en secuencia.
La primera prioridad -institucionalidad de largo plazo- empieza por precisar una palabra. El Gobierno de Abelardo De La Espriella asume el 7 de agosto y, de su discurso, se intuyen ya algunas prioridades: orden institucional, seguridad, recuperación económica y eficiencia del Estado. Si se confirman y se ejecutan, serán objetivos legítimos. Pero institucional es una palabra que hoy se usa con menos rigor del que exige. Douglas North explicó por qué unos países se desarrollan y otros se estancan: para él, una institución no es autoridad ni obediencia, sino la regla del juego, los acuerdos que reducen la incertidumbre y coordinan a una sociedad en el tiempo.
Que Colombia, como república unitaria, defina prioridades nacionales desde el centro es legítimo. Ahí no hay nada que objetar. Lo que determina si esas prioridades se vuelven instituciones duraderas, o apenas otra reforma que no sobrevive al cambio de gobierno, es si se construyen coordinadas con las regiones o impuestas sobre ellas.
La segunda prioridad -el rediseño anticipatorio- suele confundirse con la primera, y no es lo mismo. No basta con que las reglas perduren; hace falta que el Estado tenga capacidad de leer con anterioridad lo que viene y de responder tanto a las urgencias del presente como a las necesidades que el país todavía no enfrenta, pero enfrentará. Un Estado puede tener instituciones sólidas y seguir siendo reactivo: uno que solo administra bien la crisis que ya llegó.
La diferencia es esta: institucionalidad es construir reglas que duren. Anticipación es, además, construir la capacidad de usarlas para mirar hacia adelante. Colombia necesita ambas y necesita construirlas juntas.
Los cambios de gobierno abren lo que Daron Acemoglu y James Robinson llamaron una critical juncture: una ventana corta en la que rediseñar las reglas del Estado cuesta mucho menos que en tiempos normales. La mayor parte del tiempo las instituciones se mueven por inercia y cambiarlas es costoso y lento. Pero en las semanas que rodean un relevo presidencial esa inercia se rompe, y lo que se decida ahora puede fijar el rumbo de las próximas décadas.
Colombia no es el único país de la región que vive esta ventana. Perú la abre el 28 de julio, con Keiko Fujimori asumiendo tras el margen electoral más ajustado de su historia democrática. Chile la abrió hace cuatro meses y su experiencia -todavía en curso- ya deja lecciones tempranas sobre qué tan rápido se pone a prueba la relación entre autoridad y legitimidad cuando un gobierno nuevo enfrenta un Congreso fragmentado. Vale la pena que Colombia mire lo que ocurre alrededor, no para copiar ni para criticar, sino para aprender mientras la ventana todavía está abierta.
La pregunta que debería medir los primeros 100 días del nuevo Gobierno colombiano no es si logra imponer orden. Es si logra, al mismo tiempo, construir reglas que perduren y capacidad para anticipar lo que aún no ha ocurrido. Un Estado no se mide por su tamaño, sino por si tiene exactamente la capacidad que su función exige: eficaz, anticipador y resiliente cuando -como ocurre siempre en algún punto- la anticipación no alcanza.
La ventana no se abre dos veces. Lo que Colombia construya -o deje de construir- en estas semanas quedará escrito en las instituciones que hereden los próximos gobiernos, sean del signo que sean.
Todavía no sabemos qué dirá ese profesor en 2036. Depende de si Colombia resuelve las dos prioridades juntas o si, como tantas veces, resuelve solo una y da la otra por hecha. La pizarra sigue en blanco. Y este es el momento de escribir en ella.
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