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Analistas 14/07/2026

La fuerza silenciosa

Jonathan Malagón
Presidente de Asobancaria
JONATHAN-MALAGON

Cuando pensamos en desarrollo, solemos imaginar una nueva carretera, un hospital, un puerto, un puente, una vivienda o una empresa que abre sus puertas. Sin embargo, detrás de muchas de estas transformaciones existen fuerzas que pasan inadvertidas, aunque sean esenciales para materializarlas. El crédito es una de ellas.

Su verdadera dimensión no se mide por los recursos que desembolsa, sino por las oportunidades que hace posibles. En el emprendedor que compra la maquinaria para multiplicar su producción; en la familia que accede a su primera vivienda; en el joven que financia sus estudios; en el agricultor que siembra una nueva cosecha; o en la empresa que abre una nueva planta y genera empleo. Reducir el crédito a una simple operación financiera es desconocer su verdadero alcance. El crédito no mueve únicamente dinero, mueve oportunidades. Permite anticipar el futuro, acercar metas y convertir proyectos en realidad.

Durante décadas, la literatura económica ha demostrado que los países con sistemas financieros más desarrollados tienden a crecer más rápido. El acceso al financiamiento impulsa la inversión, la productividad, la innovación y el empleo. Pero su aporte va más allá del crecimiento. Hoy también existe evidencia de que el crédito mejora directamente el bienestar de las personas.

Un estudio reciente para Colombia estima que, por cada billón de pesos adicional colocado en cartera, cerca de 6.600 personas logran superar la línea de pobreza monetaria. Detrás de esa cifra hay miles de hogares que encuentran una oportunidad para emprender, invertir, comprar vivienda, financiar la educación o fortalecer un negocio. La cartera no solo financia activos; también financia movilidad social.

Y no es difícil entender por qué. El crédito permite que las empresas amplíen su capacidad productiva, que los hogares acumulen patrimonio y que sectores como la vivienda, la infraestructura, el agro y la educación cuenten con los recursos necesarios para crecer. Ese proceso se traduce en mayor inversión, mejores empleos, más ingresos y menores niveles de pobreza.

Por supuesto, el crédito no reemplaza las políticas sociales ni resuelve por sí solo los desafíos estructurales del país. La educación, la seguridad, unas finanzas públicas responsables y un entorno favorable para la inversión siguen siendo indispensables. Pero también lo es un sistema financiero capaz de transformar el ahorro en inversión. Sin él, difícilmente habrá más empresas, más vivienda, más infraestructura o más empleo.

La evidencia deja una reflexión importante. Si el crédito impulsa el crecimiento y contribuye a reducir la pobreza, fortalecer la capacidad de la banca para cumplir esa tarea no debería entenderse como un objetivo exclusivo del sector financiero, sino como una apuesta por el desarrollo del país.

Eso exige un entorno que incentive el ahorro, la inversión y una mayor profundización financiera; un marco regulatorio que preserve la estabilidad del sistema y favorezca la innovación, la competencia y el acceso al crédito. Cada barrera que limita innecesariamente su expansión reduce oportunidades para emprender, comprar vivienda, ampliar un negocio o financiar la educación.

Al final, facilitar que la banca cumpla mejor su función es también crear las condiciones para que millones de colombianos hagan realidad su proyecto de vida. Detrás de cada crédito hay una inversión, un empleo, una empresa que crece, una familia que construye patrimonio o una persona que supera la pobreza. Esa es la fuerza silenciosa del crédito, una que rara vez ocupa los titulares, pero que todos los días amplía oportunidades, impulsa el crecimiento y acerca al país a un desarrollo más próspero e incluyente.

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