sábado, 4 de abril de 2020

En tiempos de crisis se juntan todos los males que aquejan al libre mercado: acaparamiento, especulación y cartelización, entre otros, y es allí donde la SuperIndustria debe actuar

EditorialLR

En cualquier libro de principios económicos se define la oferta como la cantidad de un bien o servicio que el vendedor pone en venta, mientras que la demanda es la cantidad de un bien o servicio que la gente desea adquirir. A simple vista, de ese encuentro surge una ley que equilibra cualquier mercado, ambas fuerzas comerciales interactúan entre ellas mediadas por el precio. Todo sucede casi que en silencio en un mercado perfecto y en situaciones normales, pero cuando ocurren cosas como por las que ahora atraviesa el mundo, nada es perfecto y todo es anormal; y en efecto, la oferta de bienes y servicios está distorsionada porque sus productores están en cuarentena, cosa idéntica que se puede decir de los consumidores, que deben comprar en un mercado totalmente enrarecido, lo que es un auténtico caldo de cultivo para que florezcan todos los defectos inherentes a la libre competencia, como la cartelización, en la que los productores se reparten mercados y acuerdan precios bajo la mesa a escondidas del consumidor final y de otros competidores. También se presenta el acaparamiento de productos, cuando los mismos productores o los intermediarios guardan los bienes para generar escasez y disparar sus precios. El otro pecado es la especulación que aparece en las operaciones comerciales o financieras para obtener un beneficio económico, a partir de las variaciones de precios en el tiempo, máxime si hay una crisis que afecte el mercado. Un arsenal de delitos contra la libre competencia que deben ser regulados por las instituciones de control y vigilancia para que el consumidor final no tenga que pagar, con sus escasos recursos, por bienes y servicios tradicionales que en situaciones normales no tendrían tantos problemas. En medio de la crisis sanitaria que desencadenará en una económica, los precios empiezan a distorsionarse con justificaciones reales o irreales como la escasez o el alto precio del dólar; es el momento para que el Estado entre en el juego de la economía como ente rector y genere equilibrios.

El país técnicamente está parado porque los trabajadores no pueden asistir a sus lugares de empleo; porque los empresarios no tienen la liquidez o la caja para seguir produciendo luego de dos semanas de aislamiento, y porque la incertidumbre se ha apoderado de la sociedad. Pero en medio de tal panorama, las personas siguen consumiendo bienes de primera necesidad que son los que más han sufrido alzas desmesuradas y sobre los cuáles no puede haber regulación de precios, pues la inflación se dispararía. El gran problema que se cierne sobre la formación de los precios de los alimentos básicos de la canasta familiar es la escasez al no haber mano de obra para la producción o la recolección de cosechas; si a esto se le suman los subsidios que ha puesto el Gobierno Nacional a disposición de los trabajadores, no hay mucho estímulo, por ejemplo, para recolectar la cosecha cafetera de mitaca. Es un deber del Gobierno Nacional y de los gremios económicos empezar a pensar el cómo, cuándo y por dónde comenzar a reactivar la economía porque no se puede seguir pensando que 50 millones de colombianos pueden quedarse en cuarentena dos meses sin producir los bienes y servicios básicos. No se trata de salud o economía, se trata de producir comida para tener buena salud y continuar la marcha en un país lleno de necesidades.

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