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EDITORIAL

El fantasma de inflación de dos dígitos en la puerta

lunes, 13 de abril de 2026

Antes de pandemia, en la economía global -Colombia no fue la excepción- el grito era ¡la inflación murió! ahora, tras “dos pandemias” la expresión debe ser ¡Viva la inflación!

Editorial

El costo de vida cerró el primer trimestre del año en 5,56%, una cifra muy lejos de la meta de inflación del Banco de la República, fijada en 3%, e incluso superó el dato de 5,45% que esperaba el mercado financiero para marzo; la variación mensual del Índice de Precios al Consumidor fue de 0,78% frente a febrero. Un panorama muy malo en términos macroeconómicos que tiene muchas explicaciones y varios responsables.

El fantasma de inflación de dos dígitos en la puerta
Gráfico LR

En 2018, los rectores emisores de todo el mundo tiraban las campanas al vuelo festejando que la inflación había muerto: los precios no experimentaban cambios importantes, que eran imperceptibles para los consumidores, especialmente en los países del club de las buenas prácticas, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, Ocde. El Banco de la República daba un parte de victoria sobre la inflación para ese año, pues el dato anualizado, es decir, el de octubre de 2017 a octubre de 2018, era solo de 3,2%. Pero los tiempos cambiaron, llegaron los 24 meses de la pandemia y el costo de vida se disparó hasta superar 13%; las externalidades explicaban mucho de esa tenebrosa cifra que elevó las tasas de interés, uno de los pocos antídotos a la mano para atajar la volatilidad de los precios.

A la pandemia del coronavirus en Colombia se le sumó un cambio de gobierno e ideas poco ortodoxas y un mínimo trabajo en equipo con el Emisor. Nunca hubo una estrategia anticíclica, mucho menos incentivos para producir más y mejor con el sector productivo, a lo que se sumó un par de ajustes del salario mínimo por encima no solo de la inflación causada, sino de la esperada, convirtiendo el alza salarial en un caballo de batalla sindical y un logro político; lo que ocasionó que el costo de vida en Colombia sea el tercero o el cuarto más alto de la región, quieto o con tendencia al alza desde hace varios meses en 5,5%, situación que nuevamente -como en la primera pandemia- obligue al banco a subir las tasas y asfixiar la economía.

Claramente, las dos pandemias colombianas son una de salud y otra política, pues no es nada bueno para la economía que el Ejecutivo vaya en contravía de las otras autoridades económicas, como lo es la Junta Directiva del Banco de la República, constitucionalmente la entidad responsable de mantener el poder adquisitivo. La inflación es una suerte de leonino impuesto incontrolable que pagan con creces las familias de menores ingresos; es un problema que se había vencido de la mano de la ortodoxia monetaria de los últimos codirectores, en trabajo conjunto con el gobierno de turno, pero que ahora resucita de manera inédita con un Ministerio de Hacienda terco que amenaza con no presidir las próximas juntas -la Constitución lo determina- en medio de un cambio de administración. Que el dinero no le alcance a las personas, máxime cuando el salario se ha reajustado con generosidad, es la mejor prueba de que el Emisor y todos los técnicos tienen la razón cuando afirman que el asunto no es subir salarios, que se consumirán en una fiesta de altos precios, sino tener políticas económicas sincronizadas entre la banca central, el gobierno de turno y el sector productivo.

El próximo Gobierno Nacional seguro tenía ya unos problemas identificados evidentes como la informalidad, el bajo recaudo, la deuda externa y el déficit fiscal, pero ahora tiene el peor de todos: la vida cara, que puede durar tres o cinco años resolverlo.

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