Inmensa debe ser la gratitud de todos por el esfuerzo del sector productivo del país, tanto empresas como personas, por dar los recursos para dotar con buena infraestructura a la educación, a la salud, al sistema de transporte, a la recreación y a la seguridad al entregarle al Estado parte de su salario, sus utilidades y parte de cada negocio productivo que se hace a través de impuestos, compensaciones y gravámenes los cuales se convierten en los salarios de los empleados públicos, profesores, médicos, y fuerzas armadas donde la inmensa mayoría de personas son formidables profesionales: personas honradas y trabajadoras que aman el país y su región.

En el siglo XX por la pobreza del país aunada al costo de la violencia, del narcoterrorismo y por las mismas prioridades de los gobiernos, la inversión en bienes públicos no fue suficiente lo que generó que la sociedad desde lo privado se surtiera de servicios que el Estado no pudo proveer. Es así como tomo fuerza la educación privada; los lugares de recreación en clubes y gimnasios; la seguridad en manos de empresas privadas y hasta el mal llamado transporte publico ofrecido con camiones disfrazados de buses.

En el modelo de la ausencia de los Bienes Públicos, que aún persiste entre algunos alcaldes, perdemos la posibilidad de compartir espacios comunes, educación de calidad con personas diversas y con visiones diferentes, escenarios de recreación donde hay objetivos diferentes y gustos similares e igualdad al acceso al transporte o la salud. La consecuencia es generar una cultura excluyente, exclusiva, desconfiada y sin sentido de pertenencia, corresponsabilidad y solidaridad.

En ese escenario de destrucción de capital social que persiste en parte del territorio, lo público tiene la tendencia a convertirse en tierra de nadie o tierra de algunos. Desde lo privado se barre la basura hacia afuera de las casas, se contamina el agua, el aire y cualquier agresión contra lo público, contra lo que pagamos entre todos, contra lo que nos pertenece y nos da calidad de vida a todos, lo consideramos como problema del Gobierno.

Pero aquí están los ejemplos de construcción de unas ciudades más incluyentes a través de la oferta de Bienes Públicos que va más allá de la infraestructura. El exalcalde de Bogotá Jaime Castro que supo planear, incluir y gerenciar logrando revoluciones en el pensar, actuar y sentir de las personas; donde sin duda Mockus fue un jugador determinante en la cultura y sentido de apropiación de lo público complementado por el dos veces alcalde Peñalosa como el gran desarrollador de infraestructura al servicio de la inclusión. Todos visionarios que entendieron la ciudad como un proyecto y que su misión era una ciudad que mejoraba la calidad de vida para todos con los bienes de todos.

Seguro en la mente de los lectores de Medellín saben que la sucesión de alcaldes con visión compartida -que sin importar los asuntos partidistas- hicieron la mejor ciudad de Colombia desde 1990: Flórez, Ramos, Naranjo, Gómez Martínez, Pérez, Fajardo, Salazar, Gaviria y Gutiérrez en Cali se acuerdan de la ciudad de Rodrigo Escobar en los años 70 y el respiro de decencia que le dio Rodrigo Guerrero y para terminar Char precedido por Elsa Noguera y por la primera alcaldía de Char en Barranquilla.

Es una obligación de todos cuidar los bienes que nos han costado tanto; demandar a los alcaldes politiqueros y populistas más bienes públicos y exigir el mejoramiento en la calidad en los servicios, pero también censurar pública y socialmente a quienes creen que protestar es quitarle a quienes más necesitan los servicios.