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Analistas 23/02/2026

Danza con lobos

María Claudia Lacouture
Presidenta de AmCham Colombia y Aliadas
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Como en Danza con lobos, la política a veces se vuelve una coreografía: la ciudadanía entra con la esperanza de elegir rumbo, pero termina siguiendo el paso de quienes se mueven en manada y explotan vacíos institucionales. Es probable que no exista un sistema perfecto y que la democracia sea vulnerable frente a los especialistas de la mala política. Sin embargo, no se ha inventado algo mejor. Winston Churchill lo resumió así: “Nadie pretende que la democracia sea perfecta o totalmente sabia. En efecto, se ha dicho que la democracia es la peor forma de gobierno, excepto por todas las demás que se han probado de vez en cuando”. La clave no es resignarse, sino reforzar los soportes que impiden que la danza la dirijan los lobos.

Una democracia representativa sin partidos políticos fuertes se vuelve terreno fértil para el personalismo y la manipulación. Permite que los agentes políticos operen sin estructuras que los aten a reglas claras, programas y controles; la representación pierde contenido, el voto se desfigura y lo que llega al poder suele ser una autoridad con baja rendición de cuentas, más dependiente de acuerdos coyunturales que de compromisos verificables. Ese patrón debería encender alarmas y servir de lección para Colombia.

Los partidos deben cumplir funciones esenciales: convertir aspiraciones sociales en programas, forjar liderazgos y ordenar la competencia con disciplina. Sin esa institucionalidad, el sistema se vuelve volátil; gobiernos y bancadas pierden anclaje y coherencia, y esa falta de consistencia facilita el clientelismo, se apodera del Estado, reduce el costo por incumplir, diluye la responsabilidad y hace difícil exigir resultados. El efecto es erosión de confianza, más abstención y una ciudadanía que siente que “nada cambia”.

La región latinoamericana ofrece muchos ejemplos. En Perú, la fragmentación y la debilidad partidista han alimentado una crisis recurrente, con alta rotación presidencial, choques entre poderes y políticas públicas discontinuas. La ausencia de organizaciones robustas facilita que proyectos personales y pactos de corto plazo dominen el escenario, con costos para la estabilidad.

En Brasil, el rechazo a partidos tradicionales, combinado con liderazgos personalistas, desembocó en crisis de representación, escándalos de corrupción y polarización intensa. Más que demostrar que los partidos sobran, estas experiencias recuerdan que, sin partidos responsables y transparentes, el vacío lo ocupan figuras que tensionan el sistema y debilitan el control democrático.

La salida es fortalecer, no borrar: modernizar la financiación, exigir trazabilidad del dinero, transparentar contabilidades, profesionalizar la formación de cuadros y mejorar la selección de candidaturas. También hace falta una política pública y un marco normativo que clarifiquen la función de los partidos y las responsabilidades de quienes participan en ellos, para que la competencia electoral se ordene alrededor de propuestas, estándares éticos y compromisos medibles. En estas elecciones, en Colombia se debe exigir propuestas claras, control interno y transparencia verificable. El voto debería respaldar a quien garantice representación, gobierno y rendición de cuentas. No tiene precio, pero sí un enorme valor cuando premia programas serios y castiga la improvisación. Si no, seguiremos en esta Danza con lobos.

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