Analistas

¿Que pasó en el plebiscito?

Con una participación de 66%, las encuestas daban al Sí como ganador absoluto en el plebiscito del domingo. De pronto, por eso la abstención de más de 62%. Una votación en que la pregunta es única y el resultado predecible no es un buen incentivo para despertarse y cumplir con el deber ciudadano de votar. En principio, si la abstención se dio por la sensación de inutilidad del voto, fue pareja entre los dos bandos, sin que por lo tanto haya influenciado el resultado del plebiscito.

El error de más de 15% en el pronóstico de las encuestadoras solo se puede explicar porque los electores no fueron sinceros con respecto a su intención de voto. Muchos de los que terminaron votando No renegaron de su preferencia en las encuestas, como San Pedro renegó su fidelidad al cristianismo. Los creyentes en el No temieron expresar su punto de vista, por el acoso del que fueron objetivo desde los medios, las redes sociales y algunos círculos sociales que los tipificaron como enemigos de la paz, uribistas y guerreristas. Ante estas circunstancias, prefirieron mantenerse callados y expresar sus preferencias exclusivamente en las urnas.

La gran mayoría de los votantes del No tiene una posición sensata con respecto al acuerdo de paz. Sus preferencias no están dictadas porque no quieran la paz y a mi entender, en muchos casos, ni siquiera porque leyeron, entendieron y consideran que el acuerdo es inconveniente. Como los seguidores de Trump en la campaña presidencial estadounidense, muchos aborrecen las prácticas políticas amañadas y terminan cobrándole al establecimiento el que las utilicen. En el caso del plebiscito, muchos rechazaron que el ejecutivo asumiera las funciones del legislativo, que se bajara el umbral a 13%, que los funcionarios públicos pudieran hacer política por el Sí, que se utilizarán dineros públicos en la campaña y que los medios hayan tomado una posición tan radical y unísona a favor de una de las opciones. Compensaron con su voto lo que les pareció una campaña desbalanceada y por lo tanto injusta.

Otros votantes del No estuvieron en desacuerdo que la constitución y las leyes de Colombia fueran modificadas por un acuerdo especial firmado entre una guerrilla, que, a pesar de sus 50 años de lucha, no representa más que 0,05% de la población del país y, un Gobierno que hizo votar el acuerdo sin incluir la opinión de muchas de las fuerzas vivas de la sociedad. Quedó en muchos la sensación de que se estaba negociando privadamente un acuerdo inconveniente. El ataque de la Unidad Nacional a los demás detractores del acuerdo, en todos los frentes, no hizo más que fortalecer esta imagen.

La buena noticia es que el país quiere la paz mayoritariamente. El No no significa, como bien lo expresó el presidente Santos, que se deban abandonar las negociaciones. Implica que el proceso para llegar a la paz debe ser participativo y de concertación, que los compromisos que se tomen con las Farc a nivel político y económico sean aceptables para los seis millones de colombianos que votaron No. Cambiarán los procesos de negociación, se sentarán negociadores más representativos de toda la sociedad en la mesa, y seguramente los colombianos se sentirán más tranquilos con el resultado. Ahora es cuando se calibrará, en la transparencia, el respeto por las leyes y la pulcritud de los procedimientos que se sigan, el verdadero compromiso de las Farc y el Gobierno de llegar a una paz estable y duradera.