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No desperdiciemos esta oportunidad de oro

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En el entorno actual los productos con alto componente de mano de obra como los productos manufacturados tienen una nueva oportunidad de competir en los mercados internacionales y nacionales. Con la devaluación del peso colombiano, que ha hecho que la mano de obra y los demás insumos de origen local sean alrededor de 30% más competitivos que hace seis meses atrás, los costos de producción en Colombia han caído significativamente con respecto a los de los productos americanos y en una proporción no despreciable con respecto a productos de países cuya moneda no se ha depreciado tan drásticamente como el peso.

Este aumento de competitividad en productos de valor agregado es crítico dado que el país ya no puede confiar en las exportaciones de bienes básicos como el petróleo, el carbón y el ferroníquel para mantener el balance fiscal y por lo tanto debe repensar cómo invierte sus limitados fondos para acelerar otros sectores de la economía que generan bienestar y empleo para los colombianos. Si se aplican las políticas de estado apropiadas, con sentido práctico y con visión apolítica, el país podrá aprovechar el entorno actual para impulsar una reindustrialización que cree una base sostenible de desarrollo y una disminución significativa y real del desempleo en el país.

La primera condición para catalizar el éxito de la base productiva es generar las condiciones para que el sector privado invierta en la reconstrucción de la base productiva. La reconstrucción de la base productiva requiere ante todo que la política fiscal no ahogue a la industria, que según estudios recientes realizados por gremios del sector productivo tiene unos índices de tributación cercanos a 70%. Sería bueno además que se recuperen los incentivos para importación de bienes de capital para poner a punto el aparato productivo. Estos incentivos, que ya se utilizaron en el pasado permitiendo que las inversiones disminuyeran el nivel de tributación, serían más efectivos en este momento en que la mano de obra es competitiva.

La segunda condición es hacer eficiente el acceso de nuestros productos a otros mercados. Los TLC firmados en años recientes, que habían posicionado a los productos extranjeros en el mercado nacional, facilitan ahora el acceso de nuestros productos a otros mercados que ya no pueden tomar medidas proteccionistas. Los TLC no han podido ser del todo efectivos dado que está pendiente la asignatura de volver eficiente el costo del transporte de los productos colombianos al exterior, en parte porque la famosa red de autopistas 4G aún no está financiada en su totalidad y mucho menos ejecutada – del dicho al hecho hay mucho trecho -, y en parte porque el Ministerio de Transporte no ha tenido la voluntad política de poner en cintura al gremio camionero, que funciona como un oligopolio ineficiente y renuente a la modernización.

Liberar a la economía colombiana de este segundo cuello de botella requiere una visión estadista de parte de la Ministra de Transporte, a pesar de su cercanía evidente con un muy probable candidato presidencial 2018-2022. Como en el caso de los taxis amarillos y Uber, la Ministra debe tomar en cuenta que son más los votos que se pierden al no responder a los intereses de los colombianos que los que se ganan al ser condescendiente con los evidentes entuertos de los oligopolios que la presionan de manera indebida. Están en juego temas demasiado importantes para asumir posturas equivocadas.

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