Atorrantes

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Prefiero la gente auténtica, quizás por su carácter previsible. De pronto es en parte un sentimiento de aversión al riesgo, aquella sensación que evita que confiemos en aquello que nos es esquivo, o tal vez, por la creencia de que el ser humano es uno solo, de que, si no hay dicotomía entre el alma y el cuerpo, tampoco la debe haber en las posiciones que una persona asume frente al mundo.
Ser auténtico no garantiza ser bueno. Uno puede ser auténtico y previsible en la maldad, en el ostracismo o en el desencanto. Ese tipo de autenticidad, aunque no saludable, le permite al resto de la humanidad prever los actos de los aludidos, para, por lo menos, limitar la exposición propia a su accionar.
Santrich, Romaña, El Paisa, Iván Márquez y otros guerrilleros de las Farc son auténticos en su accionar, así como Timochenko, Lozada y aquellos que permanecen en el Congreso. Su accionar es previsible, sigue unos patrones de comportamiento conocidos y con su posición no aparentan hacer nada distinto a lo que realmente quieren hacer. Nadie puede decir que el que algunos hayan escogido su vida anterior en el monte, donde dictan leyes y son reyes, no es una salida coherente con su visión del mundo y su accionar, ni que la comodidad de la capital no haya podido tentar a aquellos cansados de la maleza y los insectos.
A algunos no nos gustará lo que hacen, otros lo condenarán enérgicamente, pero nadie podrá decir que están falseando su ideología. De los que se devolvieron para el monte, ya sea porque la nueva vida en la civilización donde deben seguir normas no los llenó o porque lo que se les prometió para que se desmovilizaran no correspondió a lo que vivieron en carne propia, se esperaba que lo hicieran. De los que se quedaron porque se adaptaron a una vida de menos poder, pero más tranquilidad en el sosiego de un buen sueldo y exposición pública, también era esperable.
La desesperanza surge más bien con personajes que, con una larga y publicitada tradición en la constancia de un comportamiento, rehuyen a sus principios y se reinventan en nuevos paradigmas inconsecuentes, traicionando no solo su naturaleza, sino a quienes han depositado su confianza en ellos. No son los lagartos de siempre, son camaleones que van acoplándose a las circunstancias, personas para quienes sus principios son tan volátiles que su actuar no puede ser consistente y sorprenden con nuevos virajes impensados.
Algunos de ellos fueron excéntricos en el pasado, pelearon contra el todo vale y hoy lo aplican para defender privilegios personales. Defendieron la cultura ciudadana y la ley y hoy la rompen y se burlan de ella, apoyando grupos ilegales y firmando contratos dudosos e inhabilitantes con el Estado por medio de fundaciones.
Otros, menos mediáticos, saltaron de defender unas causas para después invertirse como acróbatas y participar en negociaciones privadas del mejor acuerdo posible, a espaldas de los mismos negociadores oficiales. Se escudan detrás de grandes palabras y, a escondidas, persisten en prácticas clientelistas, emitiendo a sonora voz discursos en contra de quién les esconde la mermelada. Son aquellos personajes a quienes hay que temerles, porque en cualquier momento, basados en interpretaciones amañadas de la ley, se convencen a sí mismos de que están del lado correcto de la historia, cuando siempre estuvieron, únicamente, de su lado.

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