Analistas 19/04/2020

El privilegio de estar en casa

Escribo esta nota mientras veo a mi hija de tres años experimentar tiernamente la acidez del limón. Lleva un buen rato chupándolo y entre más le sabe más lo hace y cierra sus ojos en señal de disgusto y placer. Entretanto, pienso, así es la vida: agridulce. Hay cosas que seguimos haciendo que, aunque no son tan buenas, nos encantan.

Son muchas lecciones las que me está dejando la cuarentena, pero creo que no me equivoco en decir que estos días han sido de los más felices de mi vida. Lo digo en serio. Desde que empecé a trabajar no había tenido la oportunidad de pasar tanto tiempo en mi casa. Realmente aprecio estos momentos en que todos desayunamos, almorzamos y comemos juntos recetas que hacemos en nuestra cocina. Además, me encanta el instante cuando estamos los tres metidos en la cama y apagamos la luz para dormir.

La vida de hoy, o, mejor dicho, de ayer (por que sinceramente espero poder mantener buena parte de de lo que he ganado por estos días) exige que muchos de nosotros estemos en constante movimiento. Viajes, maletas, aeropuertos, carros, hoteles y restaurantes. Seguro que piensan que ese ritmo es un privilegio, y lo es, pero créanme que después de un tiempo se vuelve una rutina solitaria, fría y repetitiva. Muchas veces pensé que necesitaba unos meses en casa para reconectar conmigo y con los míos.

Este mes volví a entender que el mejor restaurante está en la olla de mi casa, que el mejor paseo es ir a la cocina por la noche, que el mejor sitio para leer es el sofá y que el café que hacemos juntos es el que mejor sabor tiene .  Estos días en casa me llevaron a redescubrir cosas que teníamos y que poco usábamos. Son muchos los elementos que a diario compramos y que en cuestión de pocos días olvidamos. Confieso que en ese ejercicio varias veces me pregunté: ¿para qué carajos compré esta tontería?.

Hacía mucho tiempo que no me detenía a mirar con tranquilidad los cuadros que tenemos colgados en las paredes y sentir lo mismo que cuando los escogimos para acompañarnos. Es increíble lo rápido que olvidamos las cosas que conseguimos con tanto esfuerzo. El ojo se acostumbra rápidamente a tener.

Obviamente entiendo que esta experiencia de contar con un techo firme que nos proteja de la lluvia y el frio no es un privilegio de todos. Todavía hay miles que no tienen esto que describo como hogar, y  hay que hacer todo lo posible para que puedan contar con él, pero también hay quienes como yo, que en medio del fragor de la conquista laboral, olvidamos lo que realmente vale la pena.

Esta cuarentena realmente me enseñó que el verdadero privilegio es poder estar en casa, dormir en mi cama y ver cómo el sol se pone desde mi ventana.

A veces pienso que esta cuarentena es como el limón que chupa mi hija en este momento, que, aunque ácido, también es un regalo de Dios.