El Concejo de Bogotá en pleno aprobó un proyecto de acuerdo en el cual declaran la emergencia climática en Bogotá, aquel ha generado polémica porque decretan el día sin carne.

Según estudios científicos al parecer la industria cárnica genera una gran contaminación para el planeta; las reses y ovejas producen una gran cantidad de gas metano, más potente que el co2 y contribuye al calentamiento global. Un elemento adicional es que se suele deforestar grandes cantidades de tierra para el sostenimiento de los animales; países como China y Estados Unidos tienen miles de hectáreas dedicadas a la explotación bovina, y en Suramérica cerca de 40% de los bosques están en peligro de convertirse en sabana según la revista Forbes.

Sabiendo estos datos parece razonable la medida en la capital. Sin embargo, surge la pregunta si ante tantos problemas vale la pena dedicarle tiempo a un hecho en el cual, incluso como país, no tenemos un impacto significativo. Bogotá tiene, según datos del Observatorio de Salud, una pobreza monetaria de 12,4% y una pobreza extrema de 2,5%; la situación de inseguridad no pasa por una mera percepción; a diario se registran distintos delitos a los cuales la Alcaldía no ha sabido dar una respuesta.

Aunado a lo anterior, del consumo de la carne viven miles de empleados: los ya heridos restaurantes, los ganaderos y una cadena de personas que apenas están superando la crisis; fomentar un día sin el consumo de este elemento esencial, es golpear innecesariamente sectores productivos de la ciudad y el país. Con la gravedad que se pone en peligro el derecho fundamental a elegir; la arbitrariedad de querer imponer una forma de pensamiento pasa por estas restricciones; lo paradójico es que ante la crisis alimentaria y social que está produciendo la pandemia, la carne para muchas familias se va a volver un lujo y en vez de restringirla un buen gobierno debería preocuparse por asegurarla, pues ya se ha demostrado hasta la saciedad los beneficios de su consumo y la necesidad de aquella, sobre todo en los niños.

La ganadería le aporta al país 1,7% del PIB nacional y representa 26% del PIB agrícola, lo que la convierte en la actividad agrícola que más le aporta, sumando además casi un millón de empleos directos según Fedegan.

Lejos de atacarla, Colombia debería fomentarla, su producción dista de los tratos crueles en los que se defienden los activistas y ella no es el problema; lo realmente grave para el medio ambiente es la devastación que producen los cultivos ilícitos, estos envenenan recursos hídricos, destruyen miles de hectáreas por la siembra de coca y los químicos usados hacen inservible la tierra.

Un día sin drogas, un día sin robos o un día de carne para todos sí sería una buena iniciativa, pero ellas no dan los réditos necesarios para tanto político que son más felices apareciendo en pantallas que haciendo su trabajo.