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Los lustrabotas del futuro

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Juan Carlos Zuleta Acevedo - juanzule@yahoo.com

Don Eduardo Gama trabaja como lustrabotas desde hace 30 años en el Aeropuerto El Dorado de Bogotá. Hace unos días que iba de viaje, aproveché para que le diera una “pasada” a mis zapatos. Mientras hacía su trabajo, don Eduardo me dijo: “Usted debería hablar de los lustrabotas en sus columnas”, y me empezó a contar la historia de su oficio.

Entre otras cosas, me dijo que este trabajo era uno de los más antiguos de la humanidad y que en algunas culturas era considerado tan denigrante que solamente estaba reservado a los esclavos, quienes eran los encargados de lavar los pies y las sandalias a sus amos cuando llegaban a la casa. Para dar peso a la historia, incluso se refirió al fragmento de la Biblia en el que Jesucristo, ante la mirada atónita de sus apóstoles, les lavó los pies. Obviamente, con el paso de los siglos, el oficio se fue transformando en lo que es ahora.

La conversación me puso a pensar en un tema que ha venido adquiriendo fuerza desde hace unos años y que preocupa a muchas personas, empresas y líderes mundiales: cuál será el futuro de muchas profesiones y oficios con todos los cambios que está trayendo consigo la cuarta revolución industrial, no sólo en lo tecnológico sino también a nivel cultural.

Precisamente, una de las mayores preocupaciones de don Eduardo es que la gente está usando ropa cada vez más informal: “Antes viajaban de vestido y zapatos, pero ahora andan todo el tiempo de bluyín y tenis”, decía mientras señalaba a un ejecutivo moderno que pasaba cerca. Llama la atención cómo un cambio cultural aparentemente tan simple como la manera en que nos vestimos está afectando el trabajo de los lustrabotas, y obviamente don Eduardo tiene razones válidas estar preocupado porque la cantidad de personas que requieren sus servicios tiende a disminuir.

De hecho, la ropa informal es una característica de la época actual: basta con mirar cómo muchas empresas en las que el traje formal era indispensable -bancos, firmas de abogados, entre otras- han flexibilizado su código de vestir, en muchos casos, para atraer y retener al talento joven.

Al preguntarle a don Eduardo cómo estaba enfrentando este cambio cultural me respondió: “He diversificado mi negocio y ahora también vendo cordones para zapatos y tenis”. Y sacó un manojo multicolor con todos los tipos de cordones que uno se pueda imaginar, mientras decía: “Cuando veo pasar a alguien que tiene los cordones deshilachados, viejos o feos, inmediatamente le ofrezco los nuevos”.

Don Eduardo sabe que su oficio está amenazado y tiene claro que debe adaptarse a las nuevas circunstancias, aunque confía en que siempre habrá gente elegante que solicite sus servicios. Me despedí, agradeciéndole por esa clase de management que me dio mientras lustraba mis zapatos, pero especialmente por el optimismo con el que ve el futuro -que tanta falta nos hace a veces-, y le prometí que en mi próxima columna hablaría de los lustrabotas.

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