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El sistema financiero colombiano cerró 2025 con un balance más sólido de lo que muchos preveían hace un año. Tras un 2023 y buena parte de 2024 marcados por contracciones reales del crédito, ajustes en balances y un entorno particularmente exigente, el sector logró estabilizarse sin comprometer su fortaleza estructural.
El ajuste no fue sencillo. Implicó fortalecer provisiones, endurecer estándares de originación y priorizar la gestión del riesgo sobre el crecimiento acelerado. No era momento de expandirse a cualquier costo, sino de proteger el ahorro de millones de colombianos y preservar la estabilidad del sistema. Esa prudencia explica que, después de más de dos años de caídas reales, la cartera volviera a crecer, cerrando 2025 con una expansión de 2,3% real.
La mejora más relevante está en la calidad de cartera. En 2023, la mora alcanzó 5,1%, el punto más alto del ciclo reciente. Hoy se proyecta cerrar 2025 alrededor de 3,8%. Esta reducción no es fortuita: es el resultado de decisiones técnicas consistentes, provisiones robustas y una gestión activa del riesgo. Además, el sistema mantuvo con holgura sus indicadores regulatorios, con niveles de solvencia, liquidez y fondeo por encima de los mínimos exigidos. Esa solidez es, base de la confianza en el sistema financiero.
El año también estuvo marcado por el Pacto por el Crédito. A un mes de su culminación se han desembolsado $228 billones, lo que equivale a un cumplimiento de más de 90%. En vivienda e infraestructura, la meta fue superada, alcanzando 119%. En manufactura se desembolsaron $135 billones; en el sector agropecuario, $26,4 billones; en economía popular, $10,4 billones; y en turismo, $7,6 billones. La participación de micro y pequeñas empresas en los desembolsos pasó de 46% antes del Pacto a 53%, y al incluir las medianas alcanza 67%. Se produjo, así, un cambio tangible en la composición del crédito hacia los segmentos priorizados. Todo ello, además, en un entorno adverso de tasas de interés elevadas y sin la profundidad esperada en instrumentos como redescuentos, subsidios y garantías contemplados en el diseño inicial. Sin embargo, 2026 será un año más desafiante. La inflación cerró 2025 en 5,1% y el incremento del salario mínimo de 23,7% reconfiguró las expectativas de hogares y empresas. En este contexto, el Emisor reaccionó en enero con un aumento de 100 pb. La decisión es coherente con el objetivo de preservar la estabilidad de precios, pero implica condiciones financieras más exigentes.
A ello se suma la incertidumbre asociada a la emergencia económica y a las discusiones fiscales que la rodean. Las señales sobre posibles cargas adicionales en renta, patrimonio o nuevas inversiones forzosas afectan la confianza y encarecen el entorno financiero. A comienzos de año se proyectaba que la cartera crecería cerca de 1,7% en términos reales durante 2026; hoy esa cifra podría reducirse a 1,1%. Sigue siendo un crecimiento positivo, pero refleja un escenario más retador. La calidad de cartera podría estabilizarse alrededor de 3,8%, sin señales de deterioros sistémicos, aunque con rigor en la evaluación de la capacidad de pago. 2026 no será de expansión acelerada, sino de consolidación. Será de disciplina y decisiones responsables.
La banca no define la inflación ni las medidas de emergencia, pero sí puede garantizar que el crédito continúe fluyendo con criterios técnicos y prudenciales. En un entorno más exigente, esa gestión responsable seguirá siendo la principal ancla de confianza del sistema financiero.
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