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Sin empleo no hay consumo

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Jorge Hernán Peláez

La semana pasada más de 3,8 millones de trabajadores presentaron ante las autoridades de EE.UU. las solicitudes de ayudas por desempleo. En total en seis semanas ese país ha visto como el ascenso de la cifra llega a 30,3 millones de norteamericanos que dicen haberse quedado sin trabajo. El Departamento de Trabajo publicó ayer la cifra, que, si se analiza fríamente, es el mayor desempleo en la historia que han tenido por muchas décadas. Este escenario que no tiene precedentes, nos lleva a una reflexión profunda, que además debemos hacer en todas las naciones. Volver a un modelo con las restricciones, aciertos y errores, que se tenía antes del virus va a costar mucho esfuerzo, endeudamiento y lágrimas. Cambiar de modelo también, mientras se logran ajustes y se crean condiciones para que empresarios vuelvan a invertir y aparezcan nuevos empleos que reemplacen a los anteriores. Las disrupciones vienen por todo lado en cada industria.

Lo profundo de esta crisis, es que una de las grandes potencias del mundo se estrelló contra las fronteras del capitalismo. El funcionamiento de la economía gringa supone tener a una gran cantidad de su población empleada en labores de servicios, industriales y comerciales. Esos empleados que tienen un ingreso promedio se vuelven a su vez consumidores de una cantidad de productos y servicios. Predecir cómo se va a comportar el consumo de los hogares por ahora es imposible, pero lo que sí se puede saber es que la gente, por un buen tiempo, gastará menos, ahorrará lo que pueda y va a priorizar sus gastos, inversiones y decisiones.

Muchos van a disminuir el uso de tarjetas de crédito para consumo. Muchos van a decidir suspender la educación de sus hijos en colegios y universidades. Muchos van a dejar de comprar ropa nueva, dejar de lavar sus carros, comenzar a pensar en serio sobre los gastos esenciales. Esa reducción en el consumo cambia el panorama de cualquier empresa de ese país, situación que indirectamente va a llegar a otras latitudes, pues ese bajonazo del consumo traerá difíciles implicaciones en multinacionales que trabajan en nuestros países.

El problema ahora no es cuándo se reactive todo. Así haya una vacuna o medicamento, si eventualmente se acaban las cuarentenas y se reabre la economía, ésta va a ser muy diferente. Los cambios de preferencias en la canasta, van a obligar a las compañías y a los gobiernos a repensar todo. Los impuestos, los dividendos, las remesas, los intereses bancarios, los subsidios o las ayudas sociales. Cada ítem entra en una etapa de rediseño. Los gobernantes, y los economistas que los asesoran, tendrán una dura tarea de redefinir los supuestos fundamentales de los modelos.

La firma JP Morgan pronostica que la tasa de desempleo para EE.UU. llegará muy pronto a niveles entre 20% y 25% después de lo sucedido en abril. Esa economía demorará muchos meses en regresar a un nivel de desempleo de un dígito. Por más ayudas del gobierno y rescates, los hábitos de consumo de la gente no volverán de la noche a la mañana. Muchos optimistas dirán que esta situación generará nuevas grandes empresas de teletrabajo, tecnología remota y otras necesidades que brotan con el cambio drástico que han tenido los hogares. Cada empresa debe convencer ahora con razones muy fuertes a sus clientes para que saquen el dinero de sus bolsillos. Esto también supone reinventar todo el mercadeo. Ahora si aplica el dicho de que el cliente siempre tiene la razón.

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