Analistas

La rectora

La designación de la doctora Dolly Montoya al frente de la Universidad Nacional de Colombia fue recibida con beneplácito por parte de la comunidad académica y científica del país. Su posesión como rectora fue considerada por algunos como un hecho histórico, toda vez que se trata de la primera mujer en liderar la más prestigiosa universidad pública de Colombia en sus 150 años de existencia. Pero lo histórico no es solamente la reivindicación de género que supone su nombramiento, sino el momento mismo que atraviesa la universidad.

La rectora Montoya estará al frente de uno de los más complejos retos administrativos de todo el país, que demandará no solamente su probada excelencia académica y científica, sino – principalmente – habilidades gerenciales extraordinarias para navegar en un mar de cambios y fuertes restricciones presupuestales.

Por fortuna, el punto de partida es una Universidad Nacional académicamente fortalecida, que continúa avanzando favorablemente en los escalafones nacionales e internacionales, abrazando un rol protagónico tanto en formación como en investigación. Pese a ello, se requieran intervenciones urgentes para que esta entidad pueda adaptarse a un ambiente mucho más competitivo y a las nuevas realidades del mercado y del país.

El primero de los grandes retos es el de la financiación. Es claro que la reasignación de recursos de educación superior por parte del Estado ha puesto en aprietos a las universidades públicas del país. En este contexto, la Universidad Nacional debe encontrar la manera de hacer sostenible su operación sin sacrificar su tamaño, calidad o alcance.

Los recursos hoy apropiados por parte del Gobierno Nacional son a todas luces insuficientes, no en vano buena parte importante de su infraestructura se está cayendo a pedazos, literalmente. El alivio recibido por la Ley de Honores de la Universidad Nacional (que asigna recursos extraordinarios por cuatro años) es una solución parcial y transitoria a un problema de fondo. Mal haría la rectora en no tratar de gestionar desde ya los recursos que requiere la universidad para sobrevivir más allá de su periodo.

En segundo lugar, se encuentran los retos de internacionalización. La presencia internacional de la universidad no se compadece con su calidad ni con su peso. Aunque hay un número importante de convenios, todavía falta por consolidar las alianzas con los mejores centros educativos del mundo. Pasantías en el exterior, doble titulación y mayor movilidad profesoral son algunos de los logros por apuntalar en el muy corto plazo.

Finalmente se encuentra el desafío tecnológico. La disrupción digital ha llegado a todos los sectores de la economía y la educación no es la excepción.

La universidad pública número uno está en mora de ofrecer contenidos de la más alta calidad en distintos formatos, que le permita mejorar su capilaridad, aumentar el número de estudiantes a un menor costo, reforzar el aprendizaje con el uso intensivo de nuevas tecnologías y explorar una oferta semipresencial para cierto tipo de programas, como lo hacen hoy las mejores universidades del mundo.

En mi opinión, la rectora tiene lo necesario para hacer una gran labor, por lo que profesores, estudiantes y egresados debemos rodearla y apoyarla. Su buen desempeño traerá consigo una importante reivindicación adicional a la de género: la del rol transformador de la universidad pública en un país en vía de desarrollo.