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Analistas 03/06/2021

Fe, la frente en alto

Javier Arenas Romero
Director Harmex S.A.

Hemos visto durante el último mes las escenas iniciales de la película de terror que quieren grabar en nuestro país los directores de la fracasada y macabra corriente armada del socialismo siglo XXI que, desde 2014, infectó a Colombia de la mano del acuerdo de La Habana entre Santos y las Farc.

El guion que se ha corrido en las calles es claro y los actores escogidos, pero no contaron con que los extras íbamos a tener más protagonismo que los princinpales. Es la sociedad civil y democrática la que rechaza este libreto de sangre.

La función macabra, orquestada por alias ‘Iván Márquez’, animada por Gustavo Bolívar, Petro, Cepeda y patrocinada por las Farc y sus milicias, el ELN, la ‘Nueva Marquetalia’ y las juventudes del casi extinto M-19, todos aliados y defensores de la dictadura venezolana, han mostrado su bajeza
Los ciudadanos hemos visto anticipadamente la puesta en escena del perturbado partido político que representa a la real izquierda colombiana, y la verdadera función que ejercen los llamados guerrilleros reintegrados, amnistiados y premiados con curules en el Congreso durante el gobierno de Juan Manuel Santos y el liderazgo negociador de Humberto De La Calle.
En su “trofeo de guerra” los bandoleros suman asesinatos, heridos de gravedad, quemados e invaluables pérdidas materiales que, en este complejo mes, según informe de La República, suman $15 billones, sin valorar los puestos de trabajo perdidos por estas acciones, que dificultarán la recuperación económica en el corto plazo.

Por fortuna, la oscura noche no ha podido ocultar sus crímenes y ataques. Los colombianos vimos, finalmente, que se ha tratado no de marchas por inconformidad, sino de un ataque terrorista y golpista que pretende doblegar a todo un país democrático bajo el guion del rancio y desacreditado socialismo del Foro de Sao Paulo, financiado y apoyado por narcos, gobiernos bandidos y políticos tóxicos.

Para nuestra gobernabilidad será una victoria tardía, pero una victoria. La inmensa mayoría de los colombianos respalda y apoya aún más a sus Fuerzas Armadas y de Policía; los gremios, sin excepción, se han unido para buscar y ofrecer ayudas. Los ciudadanos del común hemos perdido el miedo a enfrentar, con ideas y valores solidarios, a estos vándalos.

También se han implementado herramientas forenses de última generación, y avanzada iconografía, para que la policía judicial y los organismos de inteligencia del Estado puedan identificar y de inmediato judicializar a los actores del delito, se identifican hoy con inmediatez, los motores y las tácticas digitales de desinformación y desestabilización.

La crisis también ha servido para identificar mandatarios locales, congresistas, medios de comunicación, profesores, organizaciones y líderes que hablan de valores democráticos, pero viven al servicio del rancio comunismo del terror.
Este extremo que se evidencia en el discurso de odio, venganza, burla de las instituciones democráticas, manipulación de la realidad y eliminación del contrario no debería tener ningún espacio en democracia. Nadie que se valga de estas acciones merece un voto en las próximas elecciones. La deshonra de los narcisistas delincuentes, muchos con títulos públicos, será el cobro permanente en la historia.

La catarsis de estos días aciagos anticiparon el fracaso de esa izquierda radical, amparada en los acuerdos de Santos y las Farc. Colombia no se rinde. Mantenemos la frente en alto, distantes de los que se quieren imponer con las armas, los incendios y la muerte. Por el contrario nuestro compromiso es con el trabajo honrado y solidario que ayudará a cerrar brechas de pobreza y desigualdad.