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ANALISTAS 14/02/2026

El precio del futuro: cuando el dinero caro manda en Colombia

Fredy Vargas Lama
Director del Doctorado en Administración

Mauricio Rincón no aparece en los grandes titulares. No es un “mega constructor” ni un emblema del mercado de capitales. Es, más bien, esa Colombia de casco blanco y libreta manchada de cemento: una pequeña firma familiar con dos edificios en obra -dos, no veinte-, levantados con paciencia en barrios de clase media (estrato 3), donde cada cuota importa y cada día de retraso duele.

Uno está en el suroccidente, por el lado de El Tintal, en Kennedy; el otro, más hacia el occidente, en Engativá, cerca de zonas residenciales donde las familias compran con el cálculo preciso de quien no puede equivocarse. Mauricio aprendió a medir el país en señales mínimas: cuántos compradores piden prórroga, cuántas visitas se “caen” cuando el banco revisa la tasa, cuántos proveedores ya no fían como antes.

En enero, su teléfono sonó más de lo normal, pero no por buenas noticias. Dos clientes le dijeron lo mismo, con vergüenza: “don Mauricio, no me da la cuota”. Y el banco -ese banco que hace un par de años aprobaba rápido- ahora pide más papeles, más garantías, más paciencia. En los libros contables la palabra es simple: flujo. En la vida real es otra: angustia.

Ese es el punto que a veces se pierde en el debate público: cuando un país convive con déficit fiscal alto y se acerca al techo de deuda/PIB, el “costo del dinero” deja de ser una frase de economistas y se vuelve algo que camina por las calles. Se mete en la cuota del hogar, en el capital de trabajo de una pyme, en el empleo formal que se aplaza, en la obra que se ralentiza.

Hoy el costo del dinero está hablando duro. La tasa de política monetaria se ubicó en 10,25% al iniciar 2026. La inflación anual de enero se ubicó alrededor de 5,35% y el arranque del año elevó expectativas. La combinación es conocida: déficit alto, necesidad de financiamiento, sensibilidad del riesgo país, dinero caro por más tiempo y una inversión que se vuelve más lenta. Si uno quiere entender el largo plazo de Colombia, no basta con mirar el número del déficit: hay que mirar el mecanismo completo.

Tres señales de largo plazo (y por qué no son “coyuntura”)

- Primera señal: el dinero caro ya está cobrando factura sectorial. La construcción muestra niveles de morosidad significativamente más altos que otros sectores. Esto no es solo un dato financiero: cuando la construcción se estresa, se estresan empleo, materiales, vivienda, municipios y, sobre todo, la confianza del hogar que compra a 15 o 20 años.

- Segunda señal: el “techo” de deuda se vuelve más real cuando la tasa sube y el crecimiento no acelera. La deuda pública del Gobierno ronda niveles en los que el mercado empieza a cobrar más por el mismo riesgo. Esa cifra, por sí sola, no “sentencia” nada. Pero, combinada con tasas altas y crecimiento moderado, reduce el margen de maniobra. En otras palabras: el país empieza a pagar más por el mismo futuro.

- Tercera señal: el crecimiento esperado no alcanza para “salir caminando” del problema. Las proyecciones para 2026 se mueven en el rango de 2,6% a 2,8%, mientras que el escenario de tasas sugiere un año de crédito exigente. Si el crecimiento no acelera, el ajuste fiscal no ocurre por inercia: requiere decisiones, continuidad y credibilidad.

Lo que se siente en el bolsillo (y por qué es estratégico)

En un entorno de tasas altas y expectativas sensibles, los canales son inmediatos.

- Crédito: hogares y empresas enfrentan aprobaciones más estrictas y cuotas que tardan en ceder.

- Inversión: proyectos “buenos pero marginales” se aplazan (los que crean empleo y productividad).

- Formalidad: se vuelve más difícil contratar formalmente si el capital de trabajo está caro y la demanda es incierta.

- Vivienda: el comprador de clase media es el primero que se retira cuando la cuota no cuadra.

Este contexto sugiere una advertencia simple: el dinero puede seguir caro más tiempo del que la conversación pública quisiera. Y mientras eso ocurra, el país seguirá pagando un impuesto invisible: menos inversión, menos crecimiento y menos espacio fiscal.

Qué puede hacer el próximo Gobierno (2026-2030)

Este no es un problema que se resuelva con una frase. Pero sí con una secuencia.

Cuatro movimientos, medibles, que el país debería exigir:

- Credibilidad fiscal con reglas y evidencia. Menos sorpresas, supuestos realistas, rendición periódica entendible. En un país cerca del techo, la credibilidad no es estética: es costo financiero.

- Revisión del gasto con bisturí. No se trata de “recortar por recortar”, sino de proteger inversión productiva y recortar ineficiencias. El peor ajuste es el que sacrifica futuro para sostener inercias.

-Productividad como política de Estado. Tres obsesiones: logística (costos y tiempos), energía confiable (transición con balance) y digitalización regulatoria (menos trámites, más interoperabilidad). Si la productividad no sube, el déficit se vuelve un problema crónico.

- Formalización inteligente. Bajar fricciones para la pequeña empresa y modernizar el control sobre evasión y contrabando. La formalidad debe ser más fácil que la informalidad. Si no, el sistema empuja al lado equivocado.

Qué pueden hacer empresas y personas (sin dramatismo, con estrategia)

Aquí conviene hablar en tono humano, porque la gente ya está sintiendo el golpe.

-Para empresas, especialmente pymes: ordenar la caja antes de “apostar”; hacer mejoras pequeñas y sostenidas de productividad; y cuidar la relación con el cliente, porque en ciclos de dinero caro la reputación se convierte en un activo financiero.

-Para hogares: deuda bajo control (menos revolving, más estructura); habilidades prácticas para sostener empleabilidad; y consumo resiliente, priorizando estabilidad por encima de compras que dependen de crédito caro.

Comprar futuro sin pagar más caro

Mauricio no quiere subsidios eternos ni discursos. Quiere algo más simple: reglas que no cambien cada año, crédito que no castigue al que cumple y un país que no convierta la inversión en una ruleta. Y esa aspiración —que parece pequeña— es, en realidad, la esencia del largo plazo.

Colombia todavía puede evitar una década de dinero caro si convierte el ajuste fiscal en una palanca de productividad y confianza, no en una carrera de parches. La diferencia entre un país que se acostumbra al déficit y uno que lo corrige no está en el titular de un mes, sino en la consistencia de 24 a 36 meses.

En el corto plazo discutimos el déficit. En el largo plazo decidimos algo más profundo: si el país compra futuro… o lo paga cada vez más caro.

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