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ANALISTAS 17/02/2026

La ciudad oculta

Natasha Avendaño
Gerente de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá
NATASHA-AVENDAÑO

Una de las cosas que me intrigan cuando visito una ciudad es indagar qué hay debajo del suelo que piso cuando recorro sus calles. Y es fascinante imaginar que muchos metros bajo la tierra de grandes ciudades pueden existir vestigios de culturas antiguas que vivieron allí, incluso siglos antes de nuestra era. Ciudades como Jericó, en Israel; Argos, en Grecia, o Luxor, en Egipto, son ejemplos de poblaciones construidas capa sobre capa, dejando bajo tierra miles de años de historia, y que hoy conocemos gracias al incansable trabajo de arqueólogos que, al identificar espacios y objetos milenarios, lograron abrir una ventana a la antigüedad.

Nuestra casa, Bogotá, tiene una historia mucho más reciente y, aunque el desarrollo de obras civiles ha permitido encontrar evidencias de culturas anteriores, sería aventurado compararnos con civilizaciones del viejo mundo, como las de Asia o Europa. Lo que sí podemos afirmar es que bajo nuestros pies existe una ciudad oculta que pocos conocen: la que está conformada por cientos de kilómetros de enormes estructuras encargadas de transportar agua potable, agua lluvia y agua residual, y así mantener en funcionamiento nuestra cotidianidad.

Mientras el Imperio romano transportaba sus aguas limpias a través de canales sobre gigantescos arcos, nuestra ciudad lo ha hecho entre montañas, perforando túneles de más de 38 kilómetros de longitud y a más de 70 metros de profundidad para llevar el agua desde el páramo de Chingaza hasta la planta de tratamiento Francisco Wiesner y, desde allí, por un enorme túnel de 3,5 metros de diámetro, bajarla a Bogotá para el consumo de 70% de la población.

El agua del río Bogotá, que potabilizamos en la planta Tibitoc, la traemos desde Tocancipá hasta Arborizadora Baja, sector de la localidad de Ciudad Bolívar, a través de la línea Tibitoc-Casablanca que, con dos metros de diámetro, a más de cuatro metros de profundidad y 51 kilómetros de recorrido, abastece 30% del agua que consume el noroccidente de Bogotá y los municipios de Cajicá, Sopó, Gachancipá y Chía. Este gigante, rehabilitado y modernizado totalmente por la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá (EAAB), con una inversión superior a $500.000 millones, configura el pasado, presente y futuro del servicio de acueducto de la sabana.

Sobre nuestro alcantarillado, las estructuras son mucho más grandes, pues algunas deben transportar las aguas residuales de hogares, comercios e industrias y otras tienen la vital tarea de contribuir con la descontaminación de nuestros cuerpos de agua. Casos como el interceptor Engativá-Cortijo, tubería de concreto reforzado que, con diámetros de hasta 1,80 metros y longitudes de más de 4 kilómetros, recibe las descargas sanitarias de buena parte de la localidad de Engativá y las lleva a la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales (PTAR) Salitre, evitando así que lleguen directamente al río Bogotá.

Así hemos avanzado en la construcción de esta ciudad oculta que nos facilita seguir trabajando en la descontaminación del río Bogotá y nos permite estar listos para entrar en operación cuando inicie el funcionamiento el Sistema Canoas, que tratará las aguas residuales de 70% de la capital y 100% de las del casco urbano de Soacha.

Esta gigantesca infraestructura la conforma el interceptor Fucha-Tunjuelo, con un diámetro de 3,75 metros y una longitud de 9,4 kilómetros; el interceptor Tunjuelo Bajo, en el suroccidente de Bogotá, construido con tecnología sin zanja tipo pipe jacking, con una inversión de más de $135.000 millones y terminado en 2011; el interceptor izquierdo del Fucha, a más de 8 metros de profundidad, 3,4 kilómetros de recorrido y una inversión de más de $136.000 millones; y, por último, el más grande e importante de todos los interceptores: el Tunjuelo-Canoas, que, con 4,2 metros de diámetro y 8,9 kilómetros de longitud, recogerá las aguas de todos los interceptores descritos para llevarlas a la PTAR Canoas, en donde se tratarán y se llevarán descontaminadas al río Bogotá, beneficiando así a más de 80 municipios en todo el país.

Gracias a esta inmensa ciudad oculta que hemos construido bajo Bogotá, quienes habitamos en la superficie podemos vivir con la tranquilidad de contar con servicios de acueducto y alcantarillado eficientes y de excelente calidad. Sin embargo, es mi deber recordarles que gran parte de la responsabilidad está en sus manos, pues solo con el buen uso del recurso y el cuidado de esta infraestructura es como podemos garantizar el mismo bienestar a las futuras generaciones.

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