MI SELECCIÓN DE NOTICIAS
Noticias personalizadas, de acuerdo a sus temas de interés
Los malos juicios y dudosos comportamientos de algunos de los “sumos sacerdotes” de Wall Street fueron una de las causas de la gran crisis financiera internacional de 2007-2009. El resultado y reacción a dicha crisis alimentó la idea de que el sector financiero en el mundo comparte sus pérdidas con el resto de la sociedad, pero no sus “extraordinarias” ganancias.
En Colombia ha ocurrido algo similar. Al inicio de la época del covid-19 se extendió la idea de que los bancos privados colombianos socializaron sus pérdidas de la crisis de 1999, cuando se crearon impuestos como el 2x1000 que pagábamos todos, y que en la pandemia (luego de años de altas utilidades) no se veía ningún compromiso del sector. Los resultados mostraron justamente lo opuesto.
Por un lado, los recursos públicos dirigidos a atender la crisis de fin de siglo se usaron para rescatar solo la banca pública y, por otro, en la pandemia, el sector fue el responsable del éxito de los programas de garantías y redescuento del Gobierno Nacional, al tiempo que mantuvo su cartera creciendo al 2,5% real en 2020.
Ese mito de ganancias privadas y pérdidas sociales es bastante difícil de rebatir, pese a las cifras, porque es muy popular. En el caso de los rescates (la socialización de las pérdidas), se pierde de vista que se está rescatando es a los ahorradores, no a los dueños de las entidades. En el caso de las ganancias, en Colombia, se olvida que las utilidades no son tan sobresalientes como muestran los números absolutos.
Claro, en épocas de vacas gordas (porque en las vacas flacas todos callan convenientemente), utilidades de $13,2 billones parecen excesivas. Lo que se olvida es que el sector invierte patrimonialmente cerca de $101 billones; luego, la utilidad relativa (el ROE) es apenas de 13%, inferior al de muchos otros sectores de la economía (con ROE de 15%-20%) y al de sectores financieros de países pares en América Latina (15%-18%).
Pero más allá de los datos, la narrativa debe empezar a combatirse de forma diferente. A los argumentos populistas hay que rebatirlos con argumentos de contribución socioeconómica, porque la sola técnica, aunque cierta, se queda corta.
Por ello, la comunicación debería centrarse en la contribución del sector a la economía. En la teoría, la función del sector es acercar agentes superavitarios (ahorradores) con los deficitarios (deudores) que invierten en proyectos que hacen crecer el país, en medio de una fuerte supervisión de las autoridades. Y en Colombia, las cifras muestran con contundencia el cumplimiento de esa función.
Por ejemplo, cada punto porcentual del crecimiento del crédito aporta 0,3 puntos al crecimiento de la economía. Además, del total de la cartera empresarial, se destina una cuarta parte a apoyar el sector servicios, 17% a la industria, 13% al comercio y 11% a la construcción, entre otros. Finalmente, hoy hay cerca de 1,5 millones de hogares que financian con un crédito su vivienda propia.
No son cifras menores. Son muestra de la masiva contribución del sector con los sueños de hogares y empresas del país. Por eso, no podemos olvidar que más represión, impuestos o trabas al adecuado funcionamiento de la banca, si bien pueden afectar a los accionistas, hacen mucho más daño a los millones de colombianos que se favorecen de su vital labor de intermediación. Los discursos populistas nunca benefician a la gente que dicen defender.
Una apertura vigilada por Estados Unidos significa, para los mercados, contratos más ejecutables, arbitraje internacional, licencias más previsibles y menor incertidumbre para repatriar capital